martes, 11 de septiembre de 2018

Los Últimos

                                             

   Había sido una semana muy agotadora y tenía muchas ganas de encontrarme con el Conde Ralf, amigo mío y profesor de universidad de excelente reputación, al que por circunstancias laborales hacía tiempo que no veía.
Necesitaba hablar y despejarme, pues el trabajo en una librería de cara al público resulta de lo más agotador. Para ser sincero no puedo decir que no me gustase, pues era un negocio familiar que heredé de mi abuelo materno, erudito y amante de los libros antiguos y extraños. En verdad yo adoraba los libros, pero no los que vendía.  Día tras día, manadas de gente se acercaban a mi tienda para comprar las cuatro insufribles vulgaridades de moda. Yo, por supuesto, despachaba esos libros como el panadero despacha las barras de pan.  La librería era en su mayor parte un conjunto de memeces sobre papel, una mezcolanza de mal gusto y realismo desagradable, alejado completamente del arte y la fantasía, quedando tan sólo un pequeño cobijo para los grandes clásicos, y un refugio, aún más reducido para aquellos autores malditos, precisamente mis  favoritos. La parte principal de la librería tenía estanterías blancas y grises, de un estilo muy moderno, todo metálico y frío, ampliamente iluminado con focos que caían sobre mostradores cargados con novedades vistosas y los libros más vendidos  para atraer a la gente, igual que las flores atraen  a los insectos. Caminando algo más hacia dentro, apenas visible,  en un recodo de luz más tenue y cálida, las librerías eran de madera oscura y algo vieja, con revestimientos dorados de formas exóticas;  y allí estaban los clásicos, y un poco más al fondo, en una zona marginada, reposaban aquellos escritores malditos que  no gozaban de ninguna popularidad. Una zona que apenas nadie visitaba y casi siempre estaba vacía, imbuida de una atmósfera extraña que transmitía soledad.
¡Ah! ¡Sí, qué grandes libros aquellos! Reposaban allí autores como Machen, Dunsany, Lovecraft, Poe, Turguenev, Nerval, Hölderlin…Títulos  épicos como “Enrique de Lagardère” o esa joya del gótico tan terrible “Melmoth el Errabundo”, o esa deliciosa obra de la íntima juventud “El Gran Meaulnes”; creo que ya sólo podían encontrarse en ese apartado rincón de mi librería. Ya nadie los compraba, nadie los leía. De hecho eran  mal vistos. Al menos los clásicos eran usados  de vez en cuando como fósiles para su estudio en la enseñanza, y para criticarlos con cinismo bajo el prisma de los prejuicios modernos; pero los autores malditos y minoritarios, los autores verdaderamente  imaginativos, habían sido apartados, completamente abandonados y postergados al olvido. 
El conde Ralf era una de esas pocas personas en nuestros tiempos que deleitaba sus sentidos con la prosa poética y enloquecida de aquellos autores condenados socialmente. Vivía en una gran mansión lo suficientemente nueva como para pasar desapercibida, aunque el interior contrastaba en gran medida con la fachada: unas espléndidas lámparas barrocas de varios brazos colgaban del techo, y las habitaciones estaban llenas de hermosos y extraños tapices. Los muebles eran de una madera vetusta pero noble, y no les faltaba ningún tipo de ornamentación.  Estudioso de varias lenguas, entre ellas algunas ya olvidadas, tenía una gran librería repleta de manuales de lingüística y libros de lo más variado, desde ciencias, hasta grandes clásicos, pasando por algunos autores malditos.  Por descontado, de esto no hablaba con nadie más que conmigo. Amaba los animales, compartía su mansión nada más que con dos gatos y el silencio que ofrece la soledad.  Era de porte elegante, alto y delgado, rostro más bien pálido y facciones nobles que de primeras  no mostraban nada especial, salvo que uno se detuviese a analizar su mirada: como en todo hombre inteligente, su mirada parecía proyectarse al infinito y estaba impregnada del inherente brillo nostálgico del soñador. Sus ademanes eran tranquilos y suaves; de pocas palabras, tenía una rica vida interior que pocas veces exteriorizaba. Su expresión era contenida y tibia, y casi siempre afable. Su voz era dubitativa, amable y dulce por lo general, pero cuando hablábamos con confianza, se llenaba de aplomo y seguridad.
Nos vimos la tarde del sábado, cerca de mi casa. Tras los saludos pertinentes y las preguntas rutinarias, nos pusimos a hablar como acostumbrábamos de temas más trascendentales. Hablábamos sobre la degeneración del arte y de los valores, y yo mostré mi rechazo a la zafia pantomima que hoy llamaban arte. No se veía bien la exaltación de sentimientos auténticos, ni el lenguaje o los valores elevados, ni nada que tuviera que ver con lo mágico y lo fantástico. Todo había sido igualado por lo bajo,  la zafiedad, la vulgaridad, el morbo y el mal gusto reinaban.  Y había que ser feliz de una manera totalmente artificial, precisamente de eso trataban muchos de los libros que yo vendía en grandes cantidades. Los escritores sinceros, los que dejaban que la tinta saliese como un volcán de sus entrañas, los que transcribían el idioma de los ángeles o los gritos del infierno no tenían cabida. Todo era falso, una carcasa vacía de mediocridad  adornada con una sonrisa falsa e hipócrita. Eso jamás sería arte.
 “Está usted casi sólo, amigo mío, la sociedad lleva otra dirección”. Me dijo mi buen amigo.  El conde Ralf en más de una ocasión, había amonestado mi efusivo desprecio hacia los tiempos modernos y mi carácter en exceso sensible y ardiente. Sin embargo aquella vez  no podía estar más de acuerdo conmigo. “¡Ay, mi buen Percy, qué lejos están las épocas en las que el arte era auténtico, dónde se ensalzaba al gran poeta o al músico virtuoso! Hoy día, la chusma ha cobrado voz y voto, y erige un monumento al primer mono de feria, prosaico, vulgar y soez, tan rápido lo ensalza, como lo entierran y pasa al olvido, sustituido enseguida por el siguiente payaso de turno! ¡Y ojo con criticarlo, que tratarán  sin argumentos de hundirte y te dejarán de lado! A veces, amigo mío, recuerdo los infames pasajes de Lautréamont y sus espantosos cantos de Maldoror ¡y pienso que tenía razón!”
«Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura»
Clamé yo la cita en voz alta, como cerrando su vehemente discurso. El conde Ralf me miró con aprobación, pero al instante, cambió su gesto y me indicó que no volviéramos sobre aquel libro impío y blasfemo. Asentí, pues aquella obra era excesivamente desagradable hasta para mí, aunque reconozco que me causaba siempre una extraña fascinación.
Aquel día la calle estaba más solitaria que de costumbre. El sol se hundía lentamente en el horizonte y las sombras nos rodeaban como una mortaja oscura y asfixiante. Edificios grises y fríos se alzaban por todas partes, como gigantes de piedra en eterno silencio, desprovistos de alma. El cielo se iba tornando gris ceniza y las nubes, en grandes masas, se movían pesada y lentamente, y parecían querer ahogarnos. Por la carretera circulaban algunos vehículos, echaban humo y hacían un ruido molesto y todo el conjunto  resultaba muy poco agradable. Sentíamos los dos una sensación extraña, como una vaga amenaza, pero no queríamos hablar de ello. Era una sensación que quizá solo nuestras almas en extremo sensibles podían captar; era algo frío y opresivo, que nos hacía sentir un horrible vacío y desarraigo absoluto; nos hacía sentir extraños. Pero insisto, no queríamos hablar de ello.
Torcimos por una calle estrecha y mal iluminada para salir a una solitaria avenida principal. En las esquinas se amontonaba la basura fuera de los contenedores, desbordados de restos de inmundicia apestosa y gases metíficos que nos produjeron nauseas. 
En un bar de la calle de enfrente se podían adivinar siluetas que danzaban como monos, sombras en torsiones imposibles y ridículas, al ritmo de una música monótona y que resultaba enormemente desagradable por lo poco que, afortunadamente, llegaba a nuestros oídos. Más bien parecía un aquelarre alcanzando su paroxismo, y preparando el sacrificio humano a algún dios perverso y loco.
Ya era casi de noche, las nubes se habían detenido en lo alto y parecían mirar y esperar sobre ese cielo lóbrego e inquietante, como un ejército replegado esperando la orden de atacar. 
Frente a nosotros, bajando por la calle contraria, una masa de gente caminaba al unísono, todos siguiendo la misma dirección; a primera vista parecía que salían de algún espectáculo o algún evento multitudinario. No les prestamos demasiada atención, pues seguíamos hablando inmersos en nuestros propios asuntos. Poco a poco esa gente, como una masa que avanza por inercia pero sin convicción, se fueron aproximando a nosotros. Ya habían llegado casi a nuestra altura, cuando el Conde Ralf me cogió de pronto y me empujó contra la pared, apartándome para dejar pasar a la turba. Le miré asombrado y luego miré aquella masa: esas personas eran inexpresivas, vestían igual, su mirada estaba vacía y apagada. Eran hombres pero no parecían del todo humanos. No habían notado nuestra presencia, y de no ser por mi fiel amigo, juro que habrían pasado por encima de nosotros literalmente, pues no parecían advertir ningún estímulo externo.  Su caminar era lento pero sin pausa, como un ejército de marionetas.  Me fijé en uno de ellos: parecía que de sus extremidades asomaban una especie de hilos casi invisibles, que se perdían en aquel cielo oscuro. Me fijé en sus rostros: sus facciones estaban relajadas, su rostro aceitunado y pálido completamente hierático; sus ojos, muy abiertos, no pestañeaban y su mirada iba fija en un lejano vacío. No sé si podían ver o eran ciegos.  Me fijé en otro y eran todos exactamente iguales, y el siguiente, y el de más allá. Todos iguales. Un mar de rostros salidos de una pesadilla, como muñecos que alguien hubiera dado cuerda y caminasen al unísono hacia alguna parte que desconocíamos.
Por fin pasó hasta el último de ellos y el Conde Ralf me soltó. Nos miramos, y por un momento, no supimos qué decir. La masa de gente se fue alejando lentamente y perdiéndose poco a poco de nuestra vista. Una sensación de repugnancia nos invadió, y un terror infinito se deslizó por nuestras venas.  Quizá estábamos soñando, o nuestra percepción estaba demasiado predispuesta a sufrir alucinaciones. No obstante, corrimos a refugiarnos en mi librería que no se encontraba muy lejos.
El Conde Ralf me confesó que recientemente había percibido algunas cosas extrañas en las personas. Últimamente encontraba algo casi repugnante en mucha gente, pero pensaba que era cosa suya. Ambos vivíamos una vida de escaso contacto con el resto. Nuestra individualidad, nuestro instinto nos hacía aborrecer las relaciones superfluas y vivíamos una vida más interior. Pero el Conde asistía a reuniones con mayor asiduidad, y daba charlas y conferencias en universidades, dado su contrastado dominio de las lenguas. En definitiva, mantenía un contacto más amplio que yo con la gente y me tomé muy en serio sus palabras. Yo, a pesar de mi trabajo, trato poco con mis clientes y no había notado nada especial, pues vivía más absorto en mis pensamientos y en mi mundo interior que en el de fuera. Siempre he sido un soñador, y mi mente se preocupa más de lo que imagina que de lo que ve. Vendo libros, éxitos efímeros, escritores premiados que no me ofrecen el más mínimo interés. Las personas que vienen a mi librería siempre piden lo mismo, bazofia encuadernada, y responden al mismo patrón de vulgaridad y carencia de personalidad. Eso con respecto a los pocos que leen, pues la mayor parte hoy día vive bajo el constante yugo de una pantalla. Son tiempos malos: tiempos oscuros, donde la consigna es ser feliz y divertirse; sin embargo, todo el mundo parece hundido en una horrible insatisfacción. Esas pantallas reflejan sentimientos falsos, efímeros y manipulados, y es con lo que se reviste la gente. Hoy en día son ajenos ya a toda forma de arte, a cualquier forma de inocencia y sensibilidad, y sus cerebros sólo responden ante lo explícito y lo brutal, ante la vulgaridad y zafiedad. Todo eso lo han normalizado mientras han aplastado silenciosamente la inocencia y los valores elevados. Y hacen sorna de aquellos valores del pasado.
Un joven con un corazón sensible es muy difícil que sobreviva en nuestros tiempos. Un hombre que piense por sí mismo es perseguido y marginado, de una forma sutil, pero muy efectiva... La zafiedad se ha subido al trono de ónice y reina junto al mal gusto y a la deshumanización. Y el pueblo aplaude y jalea a su nuevo monarca. La inocencia, incluso en los niños, es sólo un recuerdo de antaño cuyo significado ha quedado en el olvido. No es la maldad lo que impera, no en su forma esencial,  sino algo mucho peor que conduce a ella: la ignorancia y la barbarie revestida de progreso. Le habían llamado progreso, pero todos los valores que han hecho del hombre un ser más humano, los han sepultado. Empezó hace años, con pequeños detalles que mi padre me contaba, pero nadie le tomó nunca en serio. Se fue marginando a los poetas, y se erigieron monumentos a lo feo y a lo soez. Se confundió la realidad con la zafiedad y el mal gusto, y se fue dejando atrás todo aquello sutil y elegante. Y un día la Belleza fue injuriada y decidió marcharse, y ya no hubo salvación.

Desde hacía tiempo el Conde y yo nos sentíamos completos extraños en la sociedad; pero no era nada más que un sentimiento no poco frecuente en las almas elevadas y sensibles. Ahora sin embargo ese sentimiento se había materializado en algo casi tangible, algo agresivo que mental y físicamente quería destruirnos.
Esa masa de gente… ¿qué era aquello? Era la materialización de lo que ha llegado a convertirse el ser humano, estoy seguro. Es como si hubiéramos asistido al espectáculo de una metáfora. ¿Habíamos tenido ambos  una misma alucinación? Era poco probable Pero ¿acaso importaba? Todo lo que estaba ocurriendo era auténtico, y eso bastaba.
Estábamos en mi librería, y fuimos por instinto al lugar donde reposaban en silencio mis libros favoritos. Allí se respiraba un olor que me resultaba maravilloso: ese olor que desprende un libro viejo al abrirlo y que resulta inconfundible; que lleva la mente a esas páginas amarillentas, a esas tapas duras con algo de polvo, quizá, y a todas esas palabras que juntas, poseían magia y tenían vida propia. En ese rincón la atmósfera parecía fresca y revitalizaba los pulmones: era como volver al hogar. Allí encontramos calma y paz. 
De repente un libro se cayó al suelo y se abrió. Una luz pequeña pero muy intensa emergió de entre las páginas y atravesó intangible el techo hasta perderse de nuestra vista. No dije nada, ni tan siquiera sentí extrañeza, pero pensé: ¡otro que parte! Si, se estaban yendo. Estaban muriendo. Aquellos espíritus nobles, aquellos grandes hombres se marchaban para siempre. Recogí el libro: sus páginas estaban en blanco ahora. El Conde Ralf me miró con preocupación y tristeza. Hablamos durante un rato, llenos de pesar y augurando lo peor, y luego él regresó a su mansión.
La vida transcurrió como un sueño durante aquellos días. Ahora había algo irreal en todo lo cotidiano, como si el mundo hubiera pervertido ciertas normas del orden natural y la realidad se perdiera entre la fantasía, una fantasía oscura que se conjuraba para reducirnos a cenizas. El cielo no había dejado de estar nublado, gris plomizo. La gente hablaba poco, sus miradas se nos antojaban extrañas, se mostraban esquivas y podíamos detectar en su actitud cierta animadversión hacia nosotros. Nos vigilaban, estoy seguro. Lo sentíamos como el que siente la presencia de alguien acechando aunque no le pueda ver.
Yo no podía concentrarme en nada. Mi mente había quedado vacía, como un reloj que se detiene. Me encontraba muy abatido y preocupado. Y me había dado cuenta de que me vigilaban mis clientes. Las ventanas de mi tienda estaban vigiladas: no pocas veces descubrí a un tipo mirando, cuyo rostro parecía una masa de arcilla deforme, y cuyos ojos ligeramente oblicuos trataban de escrutar mi comercio. A veces pensé que era fruto de mi imaginación, pero le veía continuamente, a todas horas…no miraba el escaparate, me miraba a mí, una mirada del todo repulsiva. Yo me encontraba en una especie de shock anímico y mental que no me dejaba reaccionar. Lo que presenciamos durante aquella tarde no podíamos olvidarlo.  Desde aquel día, sentíamos una amenaza imprecisa, algo que no dejaba de vigilarnos noche y día. Y ambos nos sentíamos aislados, cada vez más solos, en un inexplicable estado de laxitud e indolencia. El mundo gritaba algo incomprensible, un alarido malsano cuya finalidad era expulsarnos de su seno, como si fuéramos extraños, como si ya la vida nos despojase de su abrazo.
Poco a poco todo esto se fue agravando hasta que se hizo insostenible.  La gente no hablaba ya prácticamente nada con nosotros. No manteníamos una conversación fluida con nadie. Las personas que compraban en mi tienda apenas me dedicaban alguna frase de compromiso y de trámites comerciales, y como digo, notaba cierto desprecio en sus ademanes. Sus respuestas eran poco más que monosílabos. Nos evitaban, pareciera que no querían trato con nosotros, pero sin embargo, no dejaban de vigilar. Cierto día por la mañana, me encontré el escaparte de mi tienda echo añicos, todo lleno de cristales. Doblando la esquina aparecieron unos jóvenes con una música a todo volumen que me causaba repulsión, y una actitud estúpida en sus semblantes,  carentes de emociones. Creí ver un rostro como de arcilla en uno de ellos, pero no soy capaz de precisarlo. Sólo sé que les odié. Pasaron sin más y volvió el silencio, un silencio incómodo: era como escuchar un murmullo tenebroso e incesante que crispara los sentidos, pero sin oír nada.
Entré en mi librería, estaba todo intacto… salvo la sección del fondo de mis libros favoritos. La habían tirado, derribado, habían arrancado hojas, incluso habían quemado varios ejemplares: un círculo de cenizas sobre el suelo de madera dejaba patente el terrible acto. Avisé al Conde Ralf, que se apresuró en venir, mientras yo me desplomaba en el suelo entre rabia y tristeza.
Estuvimos hablando de estos sucesos un buen rato. No había nadie en la calle, no se oía nada, a pesar de ser de día. Recogí los libros que se habían salvado, y los metí en un maletín. Me fijé que ya en varios ejemplares las páginas se habían quedado en blanco, vacías, sin rastro de una sola letra. Sentí un nudo en el pecho, me invadió una melancolía inefable al cerrar el maletín. Nos apresuramos a partir hacia la casa del Conde Ralf.
Dormí en su casa aquella noche. A la mañana siguiente el Conde tenía una ponencia en la universidad muy temprano. Yo no pude conciliar el sueño, terribles pesadillas me asaltaron y me encontraba en un estado de alteración horrible por los acontecimientos recientes. Veía masas de gente, veía rostros deformes, demonios que bailaban, y la Peste profanando la Belleza. Escuchaba gritos, versos que morían, almas que imploraban, y el lamento de la inocencia que agonizaba. Sentía; sentía el frío de la muerte, el vacío de la nada que abrasaba mi corazón y llenaba mi pecho de una angustia infinita. ¡Qué terribles momentos!
Cuando al fin logré dormir el sol ya había comenzado a asomarse. Me desperté pasado el medio día. El Conde aún no había regresado. No se oía nada, como si el mundo hubiese muerto. Y digo muerto, más que dormido, pues esa era exactamente  la impresión que me daba. Yo ya no era más que  un fantasma, un extraño en un lugar que no me quería. Me desplomé en el suelo, junto al maletín con mis libros. Las lágrimas surcaron mi rostro y ardían por mis mejillas. Un horrible vacío se apoderó de mí y empecé a sentir que me faltaba aire para respirar. Mis sienes palpitaban con fuerza y mesé mis cabellos y grité de rabia. Tras esto, me serené un poco y abrí el maletín  como por inercia, y saqué un libro al azar. Lo sostuve entre mis manos con cariño, con mimo. El olor añejo actuó como un bálsamo, y la contemplación de aquellas páginas amarillentas me tranquilizó y me devolvió el resuello. Como una casualidad, o quizá el destino, aquel libro tenía una dedicatoria de mi padre cuando me lo regaló siendo yo un niño:
“Para Percy, estos versos inmortales que quizá algún día te abran muchas puertas. Llévalos en tu corazón de oro. Con orgullo, tu caballero S****”
Era un libro de poesía de la época romántica, contenía  varios autores  que posteriormente llegué a idolatrar, pero siempre a escondidas. Me levanté  de golpe con algo vibrando en mi pecho. Algo que vibraba con inusitado entusiasmo.  Saqué todos los libros del maletín. Cada vez más obras habían quedado en blanco. Se morían. Una pequeñas luces salían de sus páginas y se perdían como el humo en el aire, y yo sabía que era el arte que sangraba.  Con una decisión que jamás habría creído tener, busqué una pluma en la mesilla que había junto a mi cama, abrí uno de aquellos libros y empecé a escribir en sus páginas. Sentí por un momento que cometía una blasfemia, pues aquellos libros tenían algo sagrado para mí. Pero no me detuve.  Mi corazón me animaba seguir con fogoso ímpetu.
Escribí. Escribí sin parar con una emoción desaforada. ¿Qué escribía? No lo sabía, no era dueño de mí: las palabras fluían como un torrente desatado, con el mismo brío y con una fluidez demencial, enérgica y desmedida. Ya no sentía miedo. No sentía soledad. La tormenta se había desatado y el estruendo era el grito que salía de mil almas que habían sido injuriadas y condenadas. 
Por la noche llegó el Conde Ralf. Venía cabizbajo, silencioso y resignado. Me miró, y no se extrañó de verme en la mesilla, con la pluma en la mano que se movía rauda, rodeado de libros esparcidos por el suelo. Me miró, digo,  y una sonrisa muy pequeña pero muy reveladora inundó su rostro como un haz de luz. Entonces vi brillar la emoción y la esperanza en sus ojos.
-Coja los libros y váyase. Vienen por nosotros. En mi ponencia me preguntaron por unos autores del pasado. Les hablé con entusiasmo y despotriqué contra el arte actual, contra el vulgo falto de sentimientos auténticos y su mediocridad banal y rastrera. Se levantaron de sus asientos acusándome y lanzando improperios. Nombraron su librería y se mofaron de los destrozos. Yo le defendí a usted;  defendí la sensibilidad, la libertad, defendí todo lo elevado, con tanta energía como jamás sospeché que tuviera. Vienen por nosotros amigo mío. Somos los últimos. Coja los libros y váyase. Siga escribiendo. Es nuestra única esperanza. Siga escribiendo esos libros en blanco y devuélvales el alma. Yo me quedaré aquí y les haré frente. Nos volveremos a ver, aunque no sea en este mundo, volveremos a encontrarnos, y usted sabe muy bien dónde. Ahora no me replique y váyase, por mí y por todos ellos. – dijo dirigiendo su mirada grave hacia aquellos volúmenes esparcidos por el suelo.
No daba lugar a ninguna réplica. Recogí los libros y los guardé en el maletín. Estrechó mi mano y su mirada era ahora clara y tranquila, aunque un brillo ardiente delataba su profunda emoción. Sólo pude sentir una admiración sobrenatural ante aquel gesto del Conde. Su persona adquirió por unos instantes una dimensión de deidad; su espíritu se había elevado tanto que daba vértigo contemplarlo. Las tinieblas, ahora que caían con más fuerza, era cuando menos nos oscurecían, pues habíamos al fin despertado, y nos alzábamos bajo un estandarte de luz que nadie jamás apagaría.
 Salí velozmente de la casa del conde Ralf.

He seguido escribiendo en las sombras. Soy un proscrito, un maldito que no tiene  lugar en este mundo. Me escondo, huyo de la gente, vivo como un animal acorralado, alimentándome de mis escritos. Sé que mis palabras perdurarán, que estas páginas no caerán en el olvido. El Conde Ralf me devolvió la esperanza, su sacrificio no será en vano. Sé que alguien me escuchará, alguien me escuchará…
 



Dedicado al gran Rafa, uno de los últimos caballeros, con profunda admiración y respeto.

Sir Percy.                     

viernes, 22 de junio de 2018

Una Ventana que da a los Sueños


   
                         "¡Cuán ingenuos somos al pensar que la fantasía no forma parte de la realidad!"


                           Cuando Lucía sacó el muñeco de la caja no sabía que hablaba al apretarle la barriga. Se lo habían regalado por su octavo cumpleaños. El muñeco era una especie de oso con grandes orejas, de pequeño tamaño, marrón y blandito.  En la caja no ponía nada de que tuviera sonido así que se llevó una grata sorpresa cuando al apretarlo comenzó a hablar. No entendió lo que dijo, pero lo dejó a un lado para ver el resto de sus regalos: una caja de pinturas, un cuaderno y unos diminutos muebles que quedarían perfectos en su casa de muñecas. Aquel día estaban sus tíos en casa y había mucho griterío y le cantaron “Cumpleaños Feliz” dos veces, y luego fueron a degustar una deliciosa tarta de chocolate, junto a otras variadas y deliciosas golosinas. En verdad que había sido un gran cumpleaños. Lucía lo había pasado muy bien y estuvo jugando toda la tarde con sus amigos en el patio.
Llegó la noche y la madre de Lucía entró en su habitación para darle un beso de despedida. Ella,  tumbada en su cama, cubierta con una manta de grandes dibujos de colores,  dio un gran abrazo a su mamá y le dio las buenas noches. La mujer apagó la pequeña lamparita que había sobre la mesilla y se fue lentamente,  procurando no hacer ruido. Lucía tenía mucho sueño, aunque con toda la agitación del día le costaba dormirse. Se giró sobre la cama y se topó con algo blandito: era el muñeco con forma de oso que le habían regalado. Lo tomó entre sus manos y volvió a apretarlo. Una extraña voz con un acento muy particular y jocoso exclamó algo así como “chiribín”, o eso creyó oír. Se escuchaba mal, así que lo volvió a apretar una, dos veces más, y efectivamente, decía “chiribín” ¿Qué quería decir aquello? ¿Y esa voz tan extraña, casi insultante? No tenía ni idea, ni le sonaba esa palabreja.  Sus párpados empezaban a pesar, así que la niña dejó el muñeco y en poco tiempo estuvo dormida.
Soñó con un bosque verde, tan verde como uno lo pueda imaginar, y un sol radiante que luchaba por penetrar con sus rayos entre los árboles. Y de repente anocheció, y la luna de plata derrotó al sol arriba en lo alto, y se llenaba todo de estrellas que brillaban parpadeantes. Ella estaba en mitad de ese bosque, completamente sola. La luz de la luna revelaba sombras que se movían al compás de las hojas mecidas por el viento. La oscuridad era profunda  y Lucía sintió miedo. Unas formas extrañas y pequeñas se materializaron entre las sombras. Eran veloces, y hablaban con extrañas vocecitas entre risas y más risas. Y de pronto dejo de sentir miedo, y se sintió enormemente feliz, como una mañana de primavera. Y habló con la luna, y rió y lloró sin razón, y bailó y jugó con unos pequeños y adorables seres, y sintió una inefable dicha que envolvía su alma, sintió algo inmenso y bello que recorría todo su ser con entusiasmo.
Despertó. La luz del sol entraba a través de la persiana y resultaba un poco molesta. Se estiró y bostezó, se abrazó a su almohada y volvió a cerrar los ojos. Poco le duró aquel placentero instante: la voz de su madre gritando llegó a sus oídos. Era la hora de desayunar y ella aún seguía en la cama. Si se retrasaba un día de escuela, su madre se enfadaría, así que se levantó de un salto, se ajustó su camisón azul celeste  y salió velozmente a desayunar. Luego haría su cama. Primero tenía que llenar su estómago que ya estaba protestando.
Mojó las galletitas en la leche, y untó las tostadas con un poco de mermelada de fresa. Respondía  a su madre con desinterés pues aún tenía sueño y seguía con unas horribles ganas de volver  a su cama. Apoyó la cabeza sobre su  mano y se quedó pensativa. Vaya sueño tan raro había tenido. Qué extraño todo. Y qué terrible tener en un rato que ir a la escuela. Encima primero tenía que hacer su cama, arreglarse y recoger un poco su cuarto, o luego su mamá se enfadaría.  ¡Qué pereza!
Se cepilló los dientes a conciencia y regresó a su cuarto para hacer la cama. Con sorpresa vio que la cama estaba hecha y todo en perfecto orden. Qué bien, su madre era un encanto. Aunque habían quedado en que ya con su edad debía hacer ella las cosas de su cuarto, su querida madre le había ayudado esta vez. A toda prisa se vistió y se peinó, mientras su madre gritaba que se diera prisa o no llegaría a la escuela. Al fin cogió un bocadillo para el almuerzo y como un ciclón se colgó su mochila a la espalda, llena de libros, y salió veloz hacia la escuela, no sin antes dirigirse a su madre:
-¡Gracias mami por arreglarme el cuarto! Pero ya mañana lo haré yo, como habíamos quedado.
- No, Lucía, ¡yo no arreglé nada! – respondió la madre algo sorprendida. - ¡Anda corre o llegarás tarde, como siempre! ¡Que tengas buen día querida hija!
Lucía salió corriendo, llena de extrañeza.  ¿Le estaría tomando el pelo? Ella no había hecho nada, tenía que haber sido su madre…si, quizá su madre era demasiado buena y no quería reconocerlo. 
El día en la escuela fue aburrido. Reencuentro con sus compañeros, presentación de nuevos profesores, deberes y más deberes, y al fin de vuelta a casa. ¡Al fin!
Entró en su habitación, dejó la mochila y de un saltó se tumbó en su cama. De repente escuchó una voz y unas risas. Bien es cierto que parecían algo lejanas, pero la escuchaba con total nitidez. Se incorporó sobresaltada y allí, en mitad de su cuarto vio a un ser muy pequeño, de piernas delgadas como astillas, que se afanaba en comer una miguita de pan caída en el suelo, según le pareció.
-Ay si, si, qué hambre tenía, qué cosa más rica, si, si, si, qué hambre….
Y de esta manera, repitiendo lo mismo varias veces, alargando las palabras, y acompañando el discurso con risas varias que emitía en distintos tonos, devoraba esas migajas aquel diminuto ser.
-¿Pero quién eres tú? Mejor dicho ¿qué eres? – preguntó Lucía con sorpresa, acercándose con cuidado para ver mejor a la pequeña criatura.
-¡Soy Chiribín, soy Chiribín, soy Chiribín! – y así siguió repitiendo lo mismo varias veces entre carcajadas, saltos y aspavientos varios.
-¡Vale, vale, con una vez que me lo digas es suficiente! Chiribín, yo soy Lucía. ¡Ah! ¿No es ese el nombre que decía mi osito de peluche al apretarle la tripa? ¿Pero de dónde has salido? ¿Es real o estoy soñando? ¿Y mi peluche? ¡No entiendo nada!
Chiribín no mediría más de cinco centímetros, llevaba unas botitas verdes acabadas en punta  y unas mallas blancas apretadas a sus patitas como alfileres. Su cara era afable y tierna, pero con una mirada un tanto pícara. Tenía unos poquitos pelos de punta sobre su cabeza redonda, y unas orejitas que igualmente acababan en punta.
-Soy un duende, Lucía. Ayer gracias al muñeco, tú has abierto un portal donde habitan muchos duendes, y algunos nos hemos colado – Y rompió a reír, a  corretear  y a decir sin parar “¡Soy Chiribín, soy Chiribín!”
- Pero entonces, ¿fuiste tú quién hizo ayer mi cama y arregló mi cuarto? – preguntó la niña, que estaba boquiabierta, siguiendo a aquella criatura con la mirada.
- Ay, ay, ay, que va, no, no no, yo no hago eso- dijo entre risas- eso lo hicieron los Brownies – y volvió a reír sin parar y a correr y dar saltitos. –¡Yo soy muuuy travieso, si, si, muuuy travieso!
¿Qué era todo aquello?  ¿Brownies? De repente oyó unos pasos que se acercaban. Su madre parece que se disponía a entrar en el cuarto. Chiribín, ágil y veloz, dio un increíble salto y se metió  dentro del bolsillo  del vestido de la niña. La madre abrió la puerta.
-Lucía, ¿no puedes hacer menos ruido? Además, deberías ponerte a hacer los deberes hija mía, luego tendrás tiempo para jugar.
- Si mamá – respondió Lucía cabizbaja.
Cuando vio que su madre se había ido, metió la mano en el bolsillo y agarró al pequeño duende, que la miraba sonriente.
-¿Pero qué te crees que estás haciendo criatura? – dijo en tono de reproche
- Ay ay ay qué miedo, qué miedo me da esa gente tan graaande, si, si, si, mucho miedo, si. – respondió el duendecillo.
-¡Oh calla! ¡Deja de repetir mil veces las cosas! ¿Me vas a explicar quién eres, quiénes son esos brownies y de dónde has salido?
Entonces Chiribín le conto lo que sigue. Nos perdonará el lector no transcribir de forma literal el habla del duende, ya que sería harto incómodo,  por sus continuas repeticiones, risas, sus “coletillas” al hablar, y, en definitiva, por  ahorrarle la paciencia que tuvo que tener Lucía al escucharle.  Así pues lo resumimos  a nuestra manera:
Era, como ha quedado dicho, un duende, y era habitante del País de las Hadas, un mundo que a veces se solapa con el nuestro, y que no está a la vista de todos. Chiribín era de la especie de los duendes traviesos, cuyo máximo honor es molestar, incordiar y hacer travesuras. No obstante, no son malos y pueden llegar a ser cariñosos. Los Brownies eran unos duendes domésticos, que a veces gustaban de ayudar a las personas Grandes sin que les viesen, pero muy esquivos y mucho menos cariñosos. Los duendes podían llegar a nuestro mundo de varias maneras, una de ellas era por invocación de algún muñeco encantado.  Sin embargo no se dejaban ver, pues si les veía la gente Grande desaparecían de vuelta a su mundo e incluso podían llegar a morir. Su fe estaba puesta en los niños y en las personas grandes de alma pura que no se habían olvidado de soñar: sólo ante ellos se dejaban ver. A la gente Grande, por norma, les escondían cosas y les molestaban de diversas maneras muy sutiles para no ser descubiertos. 
-¿ Así que si mi mamá te llega a ver hace un rato, hubieras desaparecido?
- Ay si si si, qué miedo me da, si si si, desaparezco jajajaja, si si ¡qué miedo! – repetía una y otra vez el pequeño duende.
-¡Vaya! ¿y ahora qué hago contigo? – preguntó en voz alta la niña, sin esperar respuesta.
- Ay si si si, me das miguitas de comer, y me quedo en tu bolsillo, si, si, no pasa nada, de verdad que no es molestia, y no tienes nada que agradecer si, si, si. –respondió alegremente el pequeño duende con su particular voz jocosa.
-¡Pero qué cara tienes! Pero en fin, si no molestas mucho, me alegra ser de esas personas que os pueden ver. Oye Chiribín, y yo ¿podría ir al país de las hadas?
- -¡Soy Chiribín, soy Chiribín, soy Chiribín! Jajaj Si , si, si, ja, ja, ja, si puedes pero es peligroso, no es como esto. Además, le queda poca vida a nuestro país. – dijo con indiferencia mientras mordisqueaba una migaja que acababa de encontrar.
- ¿Qué? ¿poca vida? ¿Por qué?
- Ay, si si si, qué miedo qué miedo- abandonó por un instante la atención sobre su alimento, y respondió. -   Pues ya casi nadie cree en nosotros, e igual que la tierra vive gracias al sol, nuestro país se alimenta de la imaginación y la ilusión de las personas, pero cada vez queda menos, si si, muy poca.
-¡Vaya! ¿Y no hay nada que podamos hacer?
- Ay si si bueno yo te encontré y me he pedido tu bolsillo así que estoy a salvo, si, si, si, al menos mientras seas una niña…
Lucía pasó mucho rato hablando con el pequeño duende, que no dejaba de corretear, dar saltitos, hacer cabriolas, y tirar cosas. La niña se tuvo que armar de paciencia para soportarlo.
Pasaron los días y Chiribín se convirtió en fiel compañero de la niña, siempre en su bolsillo. Sólo salía cuando estaban a solas. Hablaban mucho  y llegó a ser su mejor amigo pese a sus innumerables travesuras. Era cariñoso, jugaba con ella y siempre le sacaba una sonrisa. Un día, incluso, la llevó de visita al País de las Hadas, y pudo ver a algunas hadas volando por el bosque. Pero fue poco tiempo pues era peligroso, decía el duendecillo. Y el País de las Hadas era como aquel maravilloso sueño que tuvo la noche de su cumpleaños, lleno de criaturas extrañas pero afables, dónde la magia volaba libremente y la infancia era eterna. 
Y pasaron los años y la niña se hizo mujer y se olvidó de todo aquello, y su corazón dejó de lado los muñecos, y su alma ya no encontraba magia cada vez que salía a pasear. Ya no hablaba con la luna, ni reía ni lloraba sin motivo. Había crecido, había hecho frente a los problemas mundanos de la adolescencia.  La razón había sido un ariete que había demolido la muralla de los sueños.  Las huellas de la inocencia habían sido borradas por las olas de la vida.
Todo se había desvanecido,  había quedado como un sueño borroso.  Simples juegos de niños. Fue poco a poco, el pequeño duende se fue haciendo cada vez menos visible hasta que un día desapareció y nadie le echó de menos. Nadie se acordó de él. 
Pasado un tiempo, Lucía, ya mujer,  regresó a la que fue su casa a visitar a su madre. No la veía mucho últimamente y había decidido hacer una visita. Estuvieron bastante tiempo hablando de la vida, del pasado, de los juegos y de los tiempos que ya no están, tal y como gustan de hablar los mayores. Al fin y al cabo sólo somos recuerdos. 
 Su cuarto estaba intacto, limpio, recogido y ordenado.  Qué gusto volver a entrar en ese sitio tan acogedor de su infancia. Se sentó en su camita y miro en derredor con curiosidad y cierta admiración. ¡Cómo había pasado el tiempo! Su corazón pareció encogerse con los recuerdos. Algo oprimió su pecho, una angustia inexplicable, una dulce y amarga añoranza. Una lágrima empapó de pronto su mejilla. ¿qué le ocurría? Abrió el cajón de la mesilla buscando un pañuelo, y allí estaba: era un muñeco de peluche, con grandes orejas, marrón y blandito. Lo cogió, lo apretó contra su pecho, cerró los ojos y sus labios se movieron : “Chiribín, Chiribín, Chiribín” pronunció sin saber bien por qué.
Una vocecilla seguida de muchas risas se escuchó de pronto, algo se apretó contra su pie. Era el duendecillo.
-Ay ay ay qué miedo he pasado Lucía, si, si si, mucho miedo. Pensé que habías olvidado todo. Ay ay qué miedo, qué feliz soy de volver a encontrarte. – decía la pequeña criatura entre risas y lagrimitas.
-¡Ay mi Chiribín! ¿qué me había ocurrido? Olvidé mis sueños, olvidé la magia y mi corazón anhelaba algo y sólo sentía un gran vacío!- dijo mientras sujetaba en la palma de su mano al pequeño duende y le daba besitos. – Pero ahora lo he vuelto a recordar todo. Siempre seré una niña, da igual lo que haya fuera, mi interior siempre será mágico y siempre estarás tu conmigo!
Y aquel día Lucía y Chiribín cantaron y hablaron con la luna, y visitaron a las hadas. Y algo enorme y grandioso, como la llegada del amanecer, envolvió de alegría su corazón.
Desde aquel día cuentan algunas personas, no sin cierta preocupación,  que habían visto a Lucía hablar a solas y meter rápidamente su mano en el bolsillo, un comportamiento, desde luego extraño e inusual.  Y también decían que su mirada ahora tenía un extraño brillo, un brillo parecido a la luna, al sol, y a las estrellas, un brillo que no era del todo de este mundo…

A la persona que más quiero,
Mi Lucía.
Tuyo por siempre,
Sir Percy

lunes, 14 de noviembre de 2016

El Ciervo Blanco

                                     

         Algo se había movido furtivamente entre las verdes hojas de aquel roble. El cazador arengó a su corcel para que se lanzara al galope en aquella dirección. Las ramas y los arbustos iban haciéndose más densos, los árboles crecían en tamaño y en grosor y apenas podía distinguirse nada entre el follaje. El sol empezaba a declinar y el bosque comenzó a teñirse de  rojo como si estuviera ardiendo. No se oía nada, a excepción de los cascos del caballo y el crujir de las ramas que a duras penas iba apartando el jinete con su espada. Llegó a una zona más abierta, donde la vegetación parecía haberse retirado con solemnidad para dejar espacio a una zona de piedra gris, que se elevaba suavemente, apenas formando un pequeño montículo. Tiró de las riendas con fuerza y detuvo a su montura justo enfrente de dicha elevación. Un silencio de muerte reinaba en el bosque. La vegetación lo rodeaba todo impasible y silenciosa  ante la atenta mirada del cazador.
Trató por unos instantes de percibir algo: el más ligero crujir de hojas, el menor ruido de una rama al partirse, o siquiera, un leve eco de pisadas en la distancia. Nada. No se escuchaba nada. Todo el bosque parecía dormido y la oscuridad iba poco a poco volviendo a caer con su espeso manto, poblándolo todo de sombras y de misterios. Se cernía un silencio casi irreal.
Tiró de las riendas y el corcel dio media vuelta, dispuesto a regresar por donde había venido. Pero algo a sus espaldas llamó su atención. Era como si unas leves notas salidas de un piano hubiesen despertado en algún sitio, haciendo sonar una extraña y bella melodía, arrastrada por la suave brisa que la oscuridad había traído.
Giró de súbito, asustado y a la vez maravillado por tan increíble suceso. Y entonces lo vio: sobre el pequeño montículo de piedra gris, le miraba fijamente un hermoso ciervo de color blanco.
En un primer momento fue a echar mano de su arco, mas pronto desistió de tal acción. La música se había ido con la brisa, y allí estaban dos negros ojos fijos en él:  una mirada profunda y directa que se clavaba en las pupilas del cazador. El silencio envolvía la escena y daba un aire aún más solemne a aquel ciervo, que se erguía orgulloso, con su majestuosa cornamenta hacia el cielo estrellado. Su blancura brillaba y destacaba entre la oscuridad, y además el fulgor de la luna caía directamente sobre el estupendo animal, haciendo que pareciese emanar de su cuerpo un aura mágica de mil brillos, una auténtica danza de luces blancas.
El cazador permaneció unos instantes como hipnotizado. Por fin reaccionó, tomó sus riendas y se fue, dejando al ciervo atrás. Sus ojos,  acostumbrados ya a la oscuridad, y el fulgor generoso de la luna llena, unido a su gran instinto, hicieron que no le fuese difícil encontrar el camino de regreso a casa.  Pero apenas tuvo tiempo de reparar en el camino. Su mente estaba en otro sitio que poco a poco iba dejando atrás...

Los siguientes días los pasó el príncipe, pues se traba de un  príncipe,  en su castillo pensando en aquel ciervo, y en por qué no le había dado caza. A nadie habló de tal suceso, prefirió no decir nada incluso a aquellos amigos que normalmente eran fieles confidentes de sus más profundas  inquietudes. Su carácter se fue tornando más silencioso, más serio. Su rostro había adquirido un aire de extrema gravedad. Era  frecuente verle con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos, sin participar en las conversaciones, alejándose poco a poco de la gente.  Se encerraba en sus aposentos, y pasaba días sin salir, ordenando que le llevasen la comida a su cuarto.  Y dejó de sentir el menor interés por todas las damas que acudían a los banquetes que solían darse en el castillo. La servidumbre estaba preocupada por él. Un cambio se había producido en el príncipe que tanto gustara de la caza y que ya no salía nunca a cazar.
¿Qué hacía el príncipe? Soñaba. Alguien le hablaba en sueños. En aquellas noches la luna irradiaba un aura mágica que antes él nunca viera con semejante intensidad, y podía mirarla fijamente durante horas y no se cansaba, sino que al contrario, sentía una especie de hermosa calma y sosiego. Y cuando al fin sus párpados reposaban tranquilamente, y el mundo material se desvanecía  como se desvanece el sol al anochecer, el príncipe escuchaba una suave voz, una especie de nana reconfortante y de extrema dulzura, a la que acompañaba una bella melodía semejante a las notas de un piano. Esa música no le era desconocida, pues ya la había escuchado antes en el bosque, el día que vio al ciervo blanco. Y cuando sus párpados se abrían, y debía volver a sus obligaciones diarias, a eso que algunos llaman vida, él seguía soñando. Y aún, como un suave eco palpitante, escuchaba aquella melodía, y a veces, creía oír una voz que le llamaba, más al volverse, no había nadie. No pocos momentos los pasaba mirando por la ventana, su cabeza reposando en su mano, como si mirase a un lejano horizonte que nadie más veía. Y llegó a confundir el sueño y la vigilia, de manera que apenas reconocía cuándo soñaba, y cuando estaba despierto. Y rogaba que nadie le molestase, que no le importunasen con los problemas de la corte.
Así pues el príncipe un día se despertó y dijo que ya no quería vivir en el castillo, ni ser príncipe, que se marchaba, porque debía buscar a alguien. Y entonces partió, con unas pocas provisiones, su caballo y su espada, y nada más. Y en el castillo todos dijeron que se había vuelto loco, o había sido embrujado, y mandaron a varios emisarios en su busca.
Las princesas y las damas quedaron muy consternadas, pues el príncipe era apuesto, y a pesar de su carácter meditabundo y solitario, poseía grandes riquezas y eran un gran cazador de contrastado valor y alta popularidad. Mas se decía que la belleza y la pompa de la corte nunca le llamaron realmente la atención, y este suceso, en opinión de las respetables damas, venía a confirmar la rareza del príncipe.



           
La primera vez que se encontraron fue junto al arroyo. El agua descendía cantando como cristal en movimiento, proyectando espléndidos colores en su superficie y reflejando una extraordinaria variedad de rayos solares que no parecían de este mundo.
Ella tenía un aspecto aniñado, aunque su cuerpo era de una adolescente. Su piel nívea y sus graciosas facciones, cierta languidez en su andar, y un brillo lleno de vida en sus espléndidos y grandes ojos negros, hacían que fuese fácil de reconocer entre las demás mujeres. Un largo cabello negro caía cual cascada de azabache sobre su espalda. Además era de baja estatura, más baja que la media de las mujeres.  De lejos bien podría confundirse con una niña. Él era un joven de rostro soñador, con cierta belleza por sus regulares rasgos, mirada profunda y carácter tímido, que se adivinaba por sus movimientos dubitativos y suaves.
La vio en la orilla. Ella había levantado ligeramente su sencillo vestido de color crema, y mojaba sus piernas de mármol en el agua fresca del arroyo. Al principio le extrañó ver a alguien en mitad de ese bosque. Y más aún a una joven tan hermosa, vestida de manera tan simple y totalmente sola. Le pareció muy bella. Sus ojos despedían vida, su cuerpo era delgado, pero sus formas eran dulces, armónicas y sensuales.  La caballerosidad del joven venció a su timidez, y le preguntó a la joven cómo estaba en medio del bosque sola, tan lejos de cualquier lugar seguro. Ella sólo sonrió, un ligero rubor cubrió su tez, salió del agua con asombrosa agilidad, no exenta de gracia, y se acercó al joven.
Así se conocieron, y aquel día cantaron y rieron bajo la luz del sol. Y entre los hermosos árboles que crecían espléndidos y llenos de vida en aquel bosque, jugaron y hablaron como si ellos dos fuesen los únicos seres del mundo. Por donde ella pasaba, las flores parecían sonreír, y las ramas de los árboles se inclinaban con una reverencia. El joven estaba maravillado. No soltaba su mano, y sentía en su pecho una pasión y una dicha tan grande y tan pura que era difícil de explicar. Hablaron con los animales, y se ocultaron entre las rocas, y dejaron que su piel reposara en la frescura del césped, que los acogía como un manto celestial. Arriba unas nubes de algodón adornaban el azul del cielo, que derramaba unos cálidos y vivificantes rayos de sol. Así permanecieron, tumbados, sin mirarse, sin hablar, pero jamás se habían sentido tan unidos a alguien. 
 Al fin él la besó, y casi se sintió mal, y se disculpó, porque ella era muy joven, y en realidad se habían conocido hace poco, aunque les pareciera que se conocían de una eternidad.  Mas su beso, a pesar de ser recibido con sorpresa, fue correspondido, y una mirada llena de ternura se dibujó en la muchacha, aunque sus delicadas facciones se tornaron serias y graves al momento.
Ella entonces habló, y le dijo que su nombre era Ruthane, y que le amaba. Pero también le dijo que ellos no podrían estar juntos pues pertenecían a mundos distintos. Y que él, al salir de aquel bosque, la olvidaría, y no volverían a verse ni a amarse. Y no debía buscarla nunca, pues ella pertenecía al Pueblo Blanco, que no es el nuestro de los humanos, si no otro al que apenas tenemos acceso.
El joven apenas escuchó, y le dijo que antes moriría mil veces que separarse de ella, que no regresaría jamás a su hogar, y que dispusiera de su vida como fuera oportuno, pero que él la acompañaría al mismísimo infierno.
Ruthane lloró. Sus lágrimas eran pequeños diamantes que se iluminaban ahora con el color del crepúsculo. La noche caía. De pronto su cuerpo empezó a desvanecerse, como se desvanece la niebla, como se desvanece el humo. El joven gritó, trató de abrazarla pero no lograba palpar nada físico ya. Ella dijo unas últimas palabras: “no les creas, confía en tu corazón, olvidarás todo, pero allá en el crepúsculo, allá donde danzan los elfos en el bosque inaccesible, me reconocerás, y si eres fuerte, y encuentras el idioma del Pueblo Blanco, me verás, y volveremos a amarnos.”
Encontraron al joven junto a un arroyo, presa de un horrible llanto y balbuceando cosas sin sentido. Era el joven príncipe, y fue atendido en el castillo. A la mañana siguiente, estaba totalmente repuesto, y nada del día anterior recordaba. Pensaron que se habría golpeado con algún guijarro cerca del arroyo o alguna caída por el denso follaje, o que debió ingerir algún fruto en mal estado.  Mas ya su salud estaba intacta y su humor era el de siempre, por lo que no dieron mucha importancia a este suceso.  
Varios años más tarde fue cuando acaeció el encuentro con aquel ciervo y la desaparición del príncipe.

De alguna forma sabía que su existencia no tenía sentido con la vida que llevaba en el castillo. Todo le parecía una mentira, una gran farsa. Detestaba a esa gente que hacía ostentación de sus lujos, de esas frívolas fiestas donde todos se comportaban como idiotas. Era como presenciar una auténtica función de teatro, un teatro grotesco. Las mujeres tan bellas como vacías, apenas lograban despertarle interés, nada había en su mirada, nada puro ni brillante ni elevado, ni un ápice de ternura y sinceridad. Las conversaciones le parecían insoportables, sobre temas intrascendentes, pedestres.. por eso casi siempre permanecía callado, y si podía, se excusaba, y escapaba a la torre más alta a contemplar la luna. Antes de su encuentro con aquel bello animal, pensaba el príncipe que su extraño comportamiento era su falta de madurez, y lo achacaba más a una inadaptación suya que a una carencia de los demás. Había tratado de sobrellevar estos aspectos como parte de su deber como príncipe, aceptando que debía llegar a ser como ellos, y tratando de disimular el disgusto que le producía el contacto con toda esa gente. Mas tras aquel encuentro, tuvo la firme convicción de que sencillamente todo era absurdo, un sin sentido, un vacío que se le hacía insoportable.
Entonces lo dejó todo y marchó hacia el bosque. Buscaba algo, algo cuyo eco sonaba en aquella dulce voz que le hablaba en sueños. Algo, un recuerdo que le perseguía incesantemente desde niño, pero que hasta ahora sólo había sido algo indefinido, apenas una extraña sensación que inquietaba su alma. Una vez acalladas las voces del castillo, podía oír mejor. Aquel ciervo blanco le había hecho recobrar la fe. Debía encontrarlo otra vez, pese a que en su primer encuentro le inspiró miedo. Si, fue miedo. A él, el gran cazador, el valiente príncipe. Pero no fue el miedo de algo ante lo que huir, sino el miedo de saber que su vida en el castillo sólo era una farsa, y que él buscaba otra cosa, y la certeza de por fin su alma había reaccionado.
Cuando llegó al bosque, todo parecía dormir. El día acababa de despertar, y aún el rocío en las hojas llenaba de brillos iridiscentes los espesos árboles. Espada en mano, se abrió paso ante la espesura, tratando de escuchar, tratando de ver algo. De vez en cuando, desmontaba ágilmente de su cabalgadura y examinaba el suelo en busca de algún rastro. Mas no encontraba nada. Siguió varias direcciones, atravesó espesos matorrales que arañaron su rostro, pero con idéntico resultado. Se sentía agotado y veía morir sus esperanzas. Así poco a poco fue llegando la noche. El crepúsculo llenó el bosque de mil tonalidades y sombras que parecían moverse por si mismas. El cielo ardía en fuego de diversos matices, y el bosque cobró un aspecto de irrealidad, semejante a un sueño, en el que los contornos de las cosas se perdían y se confundían entre sí. Pronto todo fue un festival de luces y sombras, y de extraños colores que no parecían de este mundo.
La voz en su cabeza resonó con mayor nitidez ahora: “Confía en tu corazón, olvidarás todo, pero allá en el crepúsculo, allá donde danzan los elfos en el bosque inaccesible, me reconocerás, y si eres fuerte, y encuentras el idioma del Pueblo Blanco, me verás, y volveremos a amarnos.”
El cansancio, la lucha mantenida tantos días, los nervios, quién sabe, hicieron que el príncipe cayese al suelo inconsciente. Y soñó. Volvió a soñar. Una melodía de gran belleza salía de la tierra. Unos pequeños seres de blanco pálido como la luna danzaban alegremente por el bosque. Sus pies eran  ligeros, su  aspecto era gracioso y  aniñado,  y unas finas alas salían de las espaldas de algunos. Ya el sol dormía y la luna resplandecía en lo alto, destellando con una fuerza extraordinaria.  Y aquellas criaturas danzaban y reían junto al arroyo. Las flores habían despertado en la noche, revistiéndose con sus mejores galas, parecía una auténtica primavera que hubiera llegado de repente. Los árboles agitaban sus ramas dócilmente y parecían sonreír, y una miríada de murmullos que llegaban de todas partes sonaba como en eco en el paisaje. Y la brisa jugaba suavemente con los cabellos de aquellos seres, y a veces, de manera traviesa, soplaba más fuerte, pero sin violencia, y aquellas criaturas con alas veían sus pies elevarse del suelo y flotar en el aire ante las  risas melodiosas de sus compañeros.
Y entre aquella fiesta de la naturaleza, de magia y extraños seres, una figura fue abriéndose camino. Parecía que la luna hubiese bajado del cielo y caminara suavemente hacía el príncipe. Las estrellas titilaban en lo alto, las risas, la música, y mil sonidos nocturnos acompañaban el suave caminar de la criatura cual maravillosa corte de un rey. Era un ciervo blanco, que se erguía orgulloso, y miraba fijamente y con  enorme dulzura al príncipe.
Despertó. Estaba en medio del bosque y aún era de noche. Los árboles estaban bañados aún por la espléndida luna, que colgaba muda en lo alto. Ya nada se oía. Las hojas dormían. La música había cesado. Todas las visiones parecían haberse desvanecido. Todo aquel extraño sueño había cesado. Todo, salvo una pequeña figura blanca de inefable pureza, con un cabello negro como azabache, una figura aniñada vestida con un sencillo vestido color crema, que sonreía con inocencia junto al arroyo. Ruthane. El príncipe corrió hacia ella y la tomó en sus brazos. Y las risas llenaron el bosque, y las lágrimas de ambos se mezclaron, lágrimas de felicidad que no podría expresarse con palabras. “Donde sea pero juntos” dijo el príncipe. Y ella asintió en un éxtasis de alegría. Las flores les saludaron, la música volvió a sonar, pequeñas personas blancas con alas salieron de detrás de los árboles,  rodeándoles y cantando,  y la luna les protegió con su espléndida luz en su camino hacia la eternidad.

Por varios días los emisarios del Rey recorrieron el bosque buscando al príncipe. Pero jamás le encontraron. Y nada vieron, ni escucharon. Ni siquiera cuando cayó el crepúsculo: ni las flores, ni la música, ni criatura alguna. Sólo árboles y más árboles mudos que dormían su sueño milenario. Y volvieron al palacio, a seguir con sus banquetes, sus fiestas, y sus quehaceres diarios.

                                                                                  Sir Percy.

domingo, 26 de julio de 2015

Se Hace Tarde


Se hace tarde. Asoma la luna.
El jardín duerme, bosteza.
Oigo tu voz. No es de ahora,
Ya se fue. Tantas estrellas
Y tan poca luz...
Sobre el cerro
Canta una muchacha:
"Cuán bello el verano
Para quién no tiene pasado,
Para quién nadó en el Leteo,
O aguas frías le curaron"
Soledad y sollozos,
De día cambiamos la cara.
Besos en mal estado.
Besos fríos y abrazos.
Y gira...
el mundo gira,
Deja de lado a los muertos
Y a los enamorados.
-E

martes, 21 de octubre de 2014

A Veces Te Miro...

A veces te miro cuando soñadora
En algo invisible fijas tu mirada:
Y siento mía esa velada nostalgia,
Algo tan bueno que asoma,
Algo tan bello que entraña;
Aroma de abril que tu esencia 

Dulcemente toda emana.
Asi te conocí. Unas lineas
Tan tiernas y delicadas,
En ellas un corazón puro palpitaba.
Un casto beso, caricias y luego el cielo. 

Y tu recostada sobre mi pecho,
Y yo bebiendo de tu sagrado silencio.
Te hice mía; aquel día
En el sueño del sol te hice mía,
Bajo la luna se fundieron dos almas
Y como amantes eternos
Unidos en uno nos acunó la mañana.
A veces creo que ya te conocía,
Que viajamos para encontrarnos
Cruzando tiempo y galaxias.
A veces te creo sueño de mis anhelos,
Princesa de los cuentos de mi infancia,
Y te miro como se mira al cielo,
A la luna, a las estrellas, a todo lo eterno,
Y con auténtica devoción te venero.
A veces te miro cuando lánguida
Se cierne sobre mi tu mirada,
Dulce poesía que mi ser embriaga,
Y en silencio me pregunto
¿Podrías ser tú en verdad aquella dama...?

A M. 


Enrique Rull Suárez

lunes, 30 de junio de 2014

¿Dónde fue el Príncipe?


¿Dónde fue el príncipe?
Preguntaron las princesas
Y el rey respondió:
-Se fue, se fue con la doncella.
¡No era atractiva!
Una Gritó
¡No era bella!
Otra chilló
Mas el rey solo respondió:
“¡Ay! Pero se fue con la doncella.”
¡No era rica!
¡No era noble!
¡Vestir no sabía!
Dinos padre
¿Esa doncella que tenía?
“Yo sólo sé, dijo el Rey,
Lo que el príncipe me habló:
“Padre, son sus ojos sinceros,
y verdadero su corazón.
Habla poco, siente mucho,
Y es su digna humildad
Lo que la cubre de esplendor.”
“Pero príncipe, mira a las princesas:
son ricas, sensuales, bellas...
adornadas con perfumes y gemas,
sus dientes son perlas y su piel es de seda...
¡Todo es placer y riqueza!”
“Mas ninguna tiene - dijo el príncipe
tanta pureza,
y un corazón tan tierno y noble.
En su alma está toda la riqueza.
Y es por lo que abandono la corte,
la pompa, el artificio
y me voy con mi doncella,
Haré de su amor mi reino.
Cambio mil sensuales mentiras,
Por una mirada sincera.”

                                                A M. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Primavera

Lluvia, nubes. Y después de nuevo el sol. Todo pasa. Así transcurren las estaciones ahora: tan frías, tan pálidas, tan vacías. Recuerdo al principio: aquellas primaveras que florecían en un festival de vida y color. El aire perfumado con ese dulce e intenso frescor de las flores recién regadas. En toda la ciudad podía respirarse ese aroma que embriagaba la sangre de ardor juvenil, optimismo y esperanza.
Y cuando llovía ¡qué felices éramos! Todo quedaba precioso, empapado de un radiante y suave rocío, alumbrado por esa extraña y reconfortante nostalgia gris que se desprendía del cielo. Todo era mágico y misterioso. Pero nada podía compararse a tu rostro, con el cabello húmedo y pegado a tu frente sin ningún orden; y tus ojos tan oscuros y sugerentes, con esa chispa de luz tan cálida que me daba la vida al posarse sobre mí. ¿Cómo te atrevías a decir que estabas fea? En aquellos momentos eras la criatura más hermosa de la tierra. Te doy mi palabra. Aunque yo trataba por todos los medios de disimular la impresión que me causabas. No sé si lo conseguía. A tu lado estaba desarmado, me sentía desnudo, torpe y vulnerable. Me volvía a sentir como un niño, cuando en realidad me estaba convirtiendo en un hombre. Yo sólo veía en lo que tú llamabas “tus defectos”, la más absoluta perfección. Yo era esclavo de tus emociones, y tu sonrisa era para mí la primavera. Con qué alegría contenida paseaba junto a ti entre las sombras danzarinas de los tilos, aún con la humedad en el ambiente, y con las hojas derramando perladas gotas de la lluvia, que había pasado como un beso, llenando los sentidos de un aroma juvenil, de algo intenso y femenino.
A veces, distraídamente, sin darle la menor importancia,  colocabas tu mano sobre mí en una especie de caricia, y yo me estremecía. Eran mi cuerpo y mi alma quienes a la vez se estremecían. Algo en mi pecho se agitaba con vehemencia, tan intensamente a veces que creía que me iba a ahogar. Pero era tan agradable, tan misterioso, todo ese torrente de sensaciones nuevas e inefables...

Escribiendo estas líneas me pregunto por qué no se borran los recuerdos como se borran las palabras. Debería ser así de fácil. Aquellas primaveras jamás volverán. Yo no soy el mismo. La lluvia ha perdido su aroma, y el sol su brillo. Y tú ¿quién sabe dónde estás? ¿con quién estás? ¿qué soy yo ahora para ti? Sólo sé que mi mundo fue unido al tuyo, y se rompió en mil pedazos cuando desapareciste de mi vida. Sé que ya no estás, pero el corazón no olvida. Daría lo que fuera por recuperar aquellos momentos, aquellas sensaciones mágicas y brillantes. Pero todo ha pasado, tan fugaz, sin dejar rastro, como una lluvia en primavera, y apenas mi vida es un recuerdo. Y sé que ya nada volverá a ser igual.

Enrique Rull 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Notas De Un Poeta Fallecido

"¿Amar? He amado tres veces,
tres veces, y las tres sin esperanza."
M. Lermontov 


Declina el sol ante mis ojos, hundiéndose en cálidos colores ígneos, bajo un cielo azul y gris ceniza. En un instante la brisa se ha tornado fría y áspera, y la vida languidece con presteza a mi alrededor. Pasear a estas horas ya no resulta agradable. Me dirijo ahora a casa.    
Mi caminar es lento y pesaroso. Mis pensamientos se han ido tornando cada vez más tristes con el declinar del día. 
Creo que la nostalgia espera a la noche porque se comprenden muy bien. 
Entro en mi habitación. No hay rastro de vida. La casa esta sola, en completo silencio. Mi cuarto con su habitual desorden. Tantas cosas, tantos trastos que me esperan en el mismo lugar. Parecen mirarme, observarme en misterioso y eterno mutismo.
Me siento en mi escritorio y hundo la cabeza entre las manos, abrumado por una nostalgia indescriptible. 
A mi mente van llegando recuerdos del pasado, poco a poco, como si uno arrastrara al otro de la mano, a cada cuál más triste. Son recuerdos que salen de algún lugar de la memoria donde permanecían presos y ocultos. ¡Oh! ¿De dónde salís? ¿Qué os trae de vuelta? ¿Y por qué? ¿Por qué?¡Espíritu soñador! ¡ Tú me traicionaste ! Mi Mefistófeles.... ¡Cuántas mujeres amé de manera desaforada, rozando la locura! ¡Cuántas lágrimas, cuánto amor tan puro vertido en el suelo, como el dulce vino de una copa que se derrama! ¡Pero tú, tú estabas por encima de todas....!
Fui feliz a su lado. Dormía junto al dulce murmullo de su corazón. Su perfume era la atmósfera del cielo, el sutil y denso aroma que despiden los ángeles. 
Entonces estaba vivo. Sentía mi alma brillar, sentía cada partícula de mi ser rebosar de alegría, de una fuerza renovada que me otorgaba alas para llegar a cualquier lugar. 
He intentado recuperar esos momentos en vano. Escuché a los sabios, intenté enfrentarme a la razón cara a cara. Entendí todo lo que había que entender. Fui fuerte y seguí mi camino solo. A cada paso avanzaba, como me dijeron los maestros. Pero yo recordaba mis alas; y arrastrar el cuerpo para alguien que ha volado es una lenta y penosa agonía. “No te ancles a tu pasado” me dijeron ellos entonces. Borré mis recuerdos, encontré gente nueva, trabajo nuevo, nueva casa y una nueva vida. Pero yo lo sabía,  no eran los recuerdos, era mi esencia, mi propia naturaleza. Yo había tenido alas, necesitaba volar. En un instante había poseído la eternidad. Y ahora me arrastraba por el suelo. La lucha estaba perdida. 
Por la ventana contemplo la luna. ¡Oh, quisiera enamorarme de ti, pensar que eres “tú”, quisiera poder contemplarte cada noche con regocijo, y dormir acariciado por tu divina y etérea luz! Y aún cuando nunca te alcance, despertar cada día con la esperanza de volver a verte brillar. 
Me siento prisionero. La vida es una tumba fría y solitaria. Sé que este no es mi lugar.
El ruiseñor envidiaba las notas que articulaban sus labios. ¡Qué música, llena de frescura, de acariciante ternura y de una misteriosa e inefable belleza! Sabía tañer las cuerdas de mi corazón hasta hacerlas vibrar en un éxtasis celestial. Y la veía caminar, y nunca caminaba, sino que danzaba con la elegancia de un cisne, con magia que embotaba los sentidos de quienes la contemplaban.
Todo el cuarto está a oscuras. Nunca fue la oscuridad tan cruel, tan lacerante. Hoy las tinieblas vienen acompañadas de ese frío que congela hasta el tuétano, y de esa soledad angustiosa que se debe asemejar al infierno. Me fallan las fuerzas.
Salgo solo al camino. Oigo el roce de las hojas que se agitan suavemente en la espesa oscuridad. Avanzo sin conocer mi destino, como un barco abandonado a la corriente. 
El mundo duerme. Las personas recogidas en sus casas. Les envidio. Unos se aman, otros se dejan llevar por sus sueños, otros en desvelo, combaten contra sus problemas tan mundanos pero dignos. Todos en sus hogares, esperando un nuevo amanecer para continuar con sus vidas. Yo no tengo hogar. Un demonio, una inquietud corroe mi alma y no me deja descanso. A cada paso siento que mis pulmones se van quedando sin fuerza. ¿Quizá volé demasiado alto? Si así fue, es el amor el que me condena. Y aún en estos momentos en los que sé que mi vida se extingue, no puedo dejar de pensar en ella. 



Enrique Rull Suárez