viernes, 22 de junio de 2018

Una Ventana que da a los Sueños


   
                         "¡Cuán ingenuos somos al pensar que la fantasía no forma parte de la realidad!"


                           Cuando Lucía sacó el muñeco de la caja no sabía que hablaba al apretarle la barriga. Se lo habían regalado por su octavo cumpleaños. El muñeco era una especie de oso con grandes orejas, de pequeño tamaño, marrón y blandito.  En la caja no ponía nada de que tuviera sonido así que se llevó una grata sorpresa cuando al apretarlo comenzó a hablar. No entendió lo que dijo, pero lo dejó a un lado para ver el resto de sus regalos: una caja de pinturas, un cuaderno y unos diminutos muebles que quedarían perfectos en su casa de muñecas. Aquel día estaban sus tíos en casa y había mucho griterío y le cantaron “Cumpleaños Feliz” dos veces, y luego fueron a degustar una deliciosa tarta de chocolate, junto a otras variadas y deliciosas golosinas. En verdad que había sido un gran cumpleaños. Lucía lo había pasado muy bien y estuvo jugando toda la tarde con sus amigos en el patio.
Llegó la noche y la madre de Lucía entró en su habitación para darle un beso de despedida. Ella,  tumbada en su cama, cubierta con una manta de grandes dibujos de colores,  dio un gran abrazo a su mamá y le dio las buenas noches. La mujer apagó la pequeña lamparita que había sobre la mesilla y se fue lentamente,  procurando no hacer ruido. Lucía tenía mucho sueño, aunque con toda la agitación del día le costaba dormirse. Se giró sobre la cama y se topó con algo blandito: era el muñeco con forma de oso que le habían regalado. Lo tomó entre sus manos y volvió a apretarlo. Una extraña voz con un acento muy particular y jocoso exclamó algo así como “chiribín”, o eso creyó oír. Se escuchaba mal, así que lo volvió a apretar una, dos veces más, y efectivamente, decía “chiribín” ¿Qué quería decir aquello? ¿Y esa voz tan extraña, casi insultante? No tenía ni idea, ni le sonaba esa palabreja.  Sus párpados empezaban a pesar, así que la niña dejó el muñeco y en poco tiempo estuvo dormida.
Soñó con un bosque verde, tan verde como uno lo pueda imaginar, y un sol radiante que luchaba por penetrar con sus rayos entre los árboles. Y de repente anocheció, y la luna de plata derrotó al sol arriba en lo alto, y se llenaba todo de estrellas que brillaban parpadeantes. Ella estaba en mitad de ese bosque, completamente sola. La luz de la luna revelaba sombras que se movían al compás de las hojas mecidas por el viento. La oscuridad era profunda  y Lucía sintió miedo. Unas formas extrañas y pequeñas se materializaron entre las sombras. Eran veloces, y hablaban con extrañas vocecitas entre risas y más risas. Y de pronto dejo de sentir miedo, y se sintió enormemente feliz, como una mañana de primavera. Y habló con la luna, y rió y lloró sin razón, y bailó y jugó con unos pequeños y adorables seres, y sintió una inefable dicha que envolvía su alma, sintió algo inmenso y bello que recorría todo su ser con entusiasmo.
Despertó. La luz del sol entraba a través de la persiana y resultaba un poco molesta. Se estiró y bostezó, se abrazó a su almohada y volvió a cerrar los ojos. Poco le duró aquel placentero instante: la voz de su madre gritando llegó a sus oídos. Era la hora de desayunar y ella aún seguía en la cama. Si se retrasaba un día de escuela, su madre se enfadaría, así que se levantó de un salto, se ajustó su camisón azul celeste  y salió velozmente a desayunar. Luego haría su cama. Primero tenía que llenar su estómago que ya estaba protestando.
Mojó las galletitas en la leche, y untó las tostadas con un poco de mermelada de fresa. Respondía  a su madre con desinterés pues aún tenía sueño y seguía con unas horribles ganas de volver  a su cama. Apoyó la cabeza sobre su  mano y se quedó pensativa. Vaya sueño tan raro había tenido. Qué extraño todo. Y qué terrible tener en un rato que ir a la escuela. Encima primero tenía que hacer su cama, arreglarse y recoger un poco su cuarto, o luego su mamá se enfadaría.  ¡Qué pereza!
Se cepilló los dientes a conciencia y regresó a su cuarto para hacer la cama. Con sorpresa vio que la cama estaba hecha y todo en perfecto orden. Qué bien, su madre era un encanto. Aunque habían quedado en que ya con su edad debía hacer ella las cosas de su cuarto, su querida madre le había ayudado esta vez. A toda prisa se vistió y se peinó, mientras su madre gritaba que se diera prisa o no llegaría a la escuela. Al fin cogió un bocadillo para el almuerzo y como un ciclón se colgó su mochila a la espalda, llena de libros, y salió veloz hacia la escuela, no sin antes dirigirse a su madre:
-¡Gracias mami por arreglarme el cuarto! Pero ya mañana lo haré yo, como habíamos quedado.
- No, Lucía, ¡yo no arreglé nada! – respondió la madre algo sorprendida. - ¡Anda corre o llegarás tarde, como siempre! ¡Que tengas buen día querida hija!
Lucía salió corriendo, llena de extrañeza.  ¿Le estaría tomando el pelo? Ella no había hecho nada, tenía que haber sido su madre…si, quizá su madre era demasiado buena y no quería reconocerlo. 
El día en la escuela fue aburrido. Reencuentro con sus compañeros, presentación de nuevos profesores, deberes y más deberes, y al fin de vuelta a casa. ¡Al fin!
Entró en su habitación, dejó la mochila y de un saltó se tumbó en su cama. De repente escuchó una voz y unas risas. Bien es cierto que parecían algo lejanas, pero la escuchaba con total nitidez. Se incorporó sobresaltada y allí, en mitad de su cuarto vio a un ser muy pequeño, de piernas delgadas como astillas, que se afanaba en comer una miguita de pan caída en el suelo, según le pareció.
-Ay si, si, qué hambre tenía, qué cosa más rica, si, si, si, qué hambre….
Y de esta manera, repitiendo lo mismo varias veces, alargando las palabras, y acompañando el discurso con risas varias que emitía en distintos tonos, devoraba esas migajas aquel diminuto ser.
-¿Pero quién eres tú? Mejor dicho ¿qué eres? – preguntó Lucía con sorpresa, acercándose con cuidado para ver mejor a la pequeña criatura.
-¡Soy Chiribín, soy Chiribín, soy Chiribín! – y así siguió repitiendo lo mismo varias veces entre carcajadas, saltos y aspavientos varios.
-¡Vale, vale, con una vez que me lo digas es suficiente! Chiribín, yo soy Lucía. ¡Ah! ¿No es ese el nombre que decía mi osito de peluche al apretarle la tripa? ¿Pero de dónde has salido? ¿Es real o estoy soñando? ¿Y mi peluche? ¡No entiendo nada!
Chiribín no mediría más de cinco centímetros, llevaba unas botitas verdes acabadas en punta  y unas mallas blancas apretadas a sus patitas como alfileres. Su cara era afable y tierna, pero con una mirada un tanto pícara. Tenía unos poquitos pelos de punta sobre su cabeza redonda, y unas orejitas que igualmente acababan en punta.
-Soy un duende, Lucía. Ayer gracias al muñeco, tú has abierto un portal donde habitan muchos duendes, y algunos nos hemos colado – Y rompió a reír, a  corretear  y a decir sin parar “¡Soy Chiribín, soy Chiribín!”
- Pero entonces, ¿fuiste tú quién hizo ayer mi cama y arregló mi cuarto? – preguntó la niña, que estaba boquiabierta, siguiendo a aquella criatura con la mirada.
- Ay, ay, ay, que va, no, no no, yo no hago eso- dijo entre risas- eso lo hicieron los Brownies – y volvió a reír sin parar y a correr y dar saltitos. –¡Yo soy muuuy travieso, si, si, muuuy travieso!
¿Qué era todo aquello?  ¿Brownies? De repente oyó unos pasos que se acercaban. Su madre parece que se disponía a entrar en el cuarto. Chiribín, ágil y veloz, dio un increíble salto y se metió  dentro del bolsillo  del vestido de la niña. La madre abrió la puerta.
-Lucía, ¿no puedes hacer menos ruido? Además, deberías ponerte a hacer los deberes hija mía, luego tendrás tiempo para jugar.
- Si mamá – respondió Lucía cabizbaja.
Cuando vio que su madre se había ido, metió la mano en el bolsillo y agarró al pequeño duende, que la miraba sonriente.
-¿Pero qué te crees que estás haciendo criatura? – dijo en tono de reproche
- Ay ay ay qué miedo, qué miedo me da esa gente tan graaande, si, si, si, mucho miedo, si. – respondió el duendecillo.
-¡Oh calla! ¡Deja de repetir mil veces las cosas! ¿Me vas a explicar quién eres, quiénes son esos brownies y de dónde has salido?
Entonces Chiribín le conto lo que sigue. Nos perdonará el lector no transcribir de forma literal el habla del duende, ya que sería harto incómodo,  por sus continuas repeticiones, risas, sus “coletillas” al hablar, y, en definitiva, por  ahorrarle la paciencia que tuvo que tener Lucía al escucharle.  Así pues lo resumimos  a nuestra manera:
Era, como ha quedado dicho, un duende, y era habitante del País de las Hadas, un mundo que a veces se solapa con el nuestro, y que no está a la vista de todos. Chiribín era de la especie de los duendes traviesos, cuyo máximo honor es molestar, incordiar y hacer travesuras. No obstante, no son malos y pueden llegar a ser cariñosos. Los Brownies eran unos duendes domésticos, que a veces gustaban de ayudar a las personas Grandes sin que les viesen, pero muy esquivos y mucho menos cariñosos. Los duendes podían llegar a nuestro mundo de varias maneras, una de ellas era por invocación de algún muñeco encantado.  Sin embargo no se dejaban ver, pues si les veía la gente Grande desaparecían de vuelta a su mundo e incluso podían llegar a morir. Su fe estaba puesta en los niños y en las personas grandes de alma pura que no se habían olvidado de soñar: sólo ante ellos se dejaban ver. A la gente Grande, por norma, les escondían cosas y les molestaban de diversas maneras muy sutiles para no ser descubiertos. 
-¿ Así que si mi mamá te llega a ver hace un rato, hubieras desaparecido?
- Ay si si si, qué miedo me da, si si si, desaparezco jajajaja, si si ¡qué miedo! – repetía una y otra vez el pequeño duende.
-¡Vaya! ¿y ahora qué hago contigo? – preguntó en voz alta la niña, sin esperar respuesta.
- Ay si si si, me das miguitas de comer, y me quedo en tu bolsillo, si, si, no pasa nada, de verdad que no es molestia, y no tienes nada que agradecer si, si, si. –respondió alegremente el pequeño duende con su particular voz jocosa.
-¡Pero qué cara tienes! Pero en fin, si no molestas mucho, me alegra ser de esas personas que os pueden ver. Oye Chiribín, y yo ¿podría ir al país de las hadas?
- -¡Soy Chiribín, soy Chiribín, soy Chiribín! Jajaj Si , si, si, ja, ja, ja, si puedes pero es peligroso, no es como esto. Además, le queda poca vida a nuestro país. – dijo con indiferencia mientras mordisqueaba una migaja que acababa de encontrar.
- ¿Qué? ¿poca vida? ¿Por qué?
- Ay, si si si, qué miedo qué miedo- abandonó por un instante la atención sobre su alimento, y respondió. -   Pues ya casi nadie cree en nosotros, e igual que la tierra vive gracias al sol, nuestro país se alimenta de la imaginación y la ilusión de las personas, pero cada vez queda menos, si si, muy poca.
-¡Vaya! ¿Y no hay nada que podamos hacer?
- Ay si si bueno yo te encontré y me he pedido tu bolsillo así que estoy a salvo, si, si, si, al menos mientras seas una niña…
Lucía pasó mucho rato hablando con el pequeño duende, que no dejaba de corretear, dar saltitos, hacer cabriolas, y tirar cosas. La niña se tuvo que armar de paciencia para soportarlo.
Pasaron los días y Chiribín se convirtió en fiel compañero de la niña, siempre en su bolsillo. Sólo salía cuando estaban a solas. Hablaban mucho  y llegó a ser su mejor amigo pese a sus innumerables travesuras. Era cariñoso, jugaba con ella y siempre le sacaba una sonrisa. Un día, incluso, la llevó de visita al País de las Hadas, y pudo ver a algunas hadas volando por el bosque. Pero fue poco tiempo pues era peligroso, decía el duendecillo. Y el País de las Hadas era como aquel maravilloso sueño que tuvo la noche de su cumpleaños, lleno de criaturas extrañas pero afables, dónde la magia volaba libremente y la infancia era eterna. 
Y pasaron los años y la niña se hizo mujer y se olvidó de todo aquello, y su corazón dejó de lado los muñecos, y su alma ya no encontraba magia cada vez que salía a pasear. Ya no hablaba con la luna, ni reía ni lloraba sin motivo. Había crecido, había hecho frente a los problemas mundanos de la adolescencia.  La razón había sido un ariete que había demolido la muralla de los sueños.  Las huellas de la inocencia habían sido borradas por las olas de la vida.
Todo se había desvanecido,  había quedado como un sueño borroso.  Simples juegos de niños. Fue poco a poco, el pequeño duende se fue haciendo cada vez menos visible hasta que un día desapareció y nadie le echó de menos. Nadie se acordó de él. 
Pasado un tiempo, Lucía, ya mujer,  regresó a la que fue su casa a visitar a su madre. No la veía mucho últimamente y había decidido hacer una visita. Estuvieron bastante tiempo hablando de la vida, del pasado, de los juegos y de los tiempos que ya no están, tal y como gustan de hablar los mayores. Al fin y al cabo sólo somos recuerdos. 
 Su cuarto estaba intacto, limpio, recogido y ordenado.  Qué gusto volver a entrar en ese sitio tan acogedor de su infancia. Se sentó en su camita y miro en derredor con curiosidad y cierta admiración. ¡Cómo había pasado el tiempo! Su corazón pareció encogerse con los recuerdos. Algo oprimió su pecho, una angustia inexplicable, una dulce y amarga añoranza. Una lágrima empapó de pronto su mejilla. ¿qué le ocurría? Abrió el cajón de la mesilla buscando un pañuelo, y allí estaba: era un muñeco de peluche, con grandes orejas, marrón y blandito. Lo cogió, lo apretó contra su pecho, cerró los ojos y sus labios se movieron : “Chiribín, Chiribín, Chiribín” pronunció sin saber bien por qué.
Una vocecilla seguida de muchas risas se escuchó de pronto, algo se apretó contra su pie. Era el duendecillo.
-Ay ay ay qué miedo he pasado Lucía, si, si si, mucho miedo. Pensé que habías olvidado todo. Ay ay qué miedo, qué feliz soy de volver a encontrarte. – decía la pequeña criatura entre risas y lagrimitas.
-¡Ay mi Chiribín! ¿qué me había ocurrido? Olvidé mis sueños, olvidé la magia y mi corazón anhelaba algo y sólo sentía un gran vacío!- dijo mientras sujetaba en la palma de su mano al pequeño duende y le daba besitos. – Pero ahora lo he vuelto a recordar todo. Siempre seré una niña, da igual lo que haya fuera, mi interior siempre será mágico y siempre estarás tu conmigo!
Y aquel día Lucía y Chiribín cantaron y hablaron con la luna, y visitaron a las hadas. Y algo enorme y grandioso, como la llegada del amanecer, envolvió de alegría su corazón.
Desde aquel día cuentan algunas personas, no sin cierta preocupación,  que habían visto a Lucía hablar a solas y meter rápidamente su mano en el bolsillo, un comportamiento, desde luego extraño e inusual.  Y también decían que su mirada ahora tenía un extraño brillo, un brillo parecido a la luna, al sol, y a las estrellas, un brillo que no era del todo de este mundo…

A la persona que más quiero,
Mi Lucía.
Tuyo por siempre,
Sir Percy

lunes, 14 de noviembre de 2016

El Ciervo Blanco

                                     

         Algo se había movido furtivamente entre las verdes hojas de aquel roble. El cazador arengó a su corcel para que se lanzara al galope en aquella dirección. Las ramas y los arbustos iban haciéndose más densos, los árboles crecían en tamaño y en grosor y apenas podía distinguirse nada entre el follaje. El sol empezaba a declinar y el bosque comenzó a teñirse de  rojo como si estuviera ardiendo. No se oía nada, a excepción de los cascos del caballo y el crujir de las ramas que a duras penas iba apartando el jinete con su espada. Llegó a una zona más abierta, donde la vegetación parecía haberse retirado con solemnidad para dejar espacio a una zona de piedra gris, que se elevaba suavemente, apenas formando un pequeño montículo. Tiró de las riendas con fuerza y detuvo a su montura justo enfrente de dicha elevación. Un silencio de muerte reinaba en el bosque. La vegetación lo rodeaba todo impasible y silenciosa  ante la atenta mirada del cazador.
Trató por unos instantes de percibir algo: el más ligero crujir de hojas, el menor ruido de una rama al partirse, o siquiera, un leve eco de pisadas en la distancia. Nada. No se escuchaba nada. Todo el bosque parecía dormido y la oscuridad iba poco a poco volviendo a caer con su espeso manto, poblándolo todo de sombras y de misterios. Se cernía un silencio casi irreal.
Tiró de las riendas y el corcel dio media vuelta, dispuesto a regresar por donde había venido. Pero algo a sus espaldas llamó su atención. Era como si unas leves notas salidas de un piano hubiesen despertado en algún sitio, haciendo sonar una extraña y bella melodía, arrastrada por la suave brisa que la oscuridad había traído.
Giró de súbito, asustado y a la vez maravillado por tan increíble suceso. Y entonces lo vio: sobre el pequeño montículo de piedra gris, le miraba fijamente un hermoso ciervo de color blanco.
En un primer momento fue a echar mano de su arco, mas pronto desistió de tal acción. La música se había ido con la brisa, y allí estaban dos negros ojos fijos en él:  una mirada profunda y directa que se clavaba en las pupilas del cazador. El silencio envolvía la escena y daba un aire aún más solemne a aquel ciervo, que se erguía orgulloso, con su majestuosa cornamenta hacia el cielo estrellado. Su blancura brillaba y destacaba entre la oscuridad, y además el fulgor de la luna caía directamente sobre el estupendo animal, haciendo que pareciese emanar de su cuerpo un aura mágica de mil brillos, una auténtica danza de luces blancas.
El cazador permaneció unos instantes como hipnotizado. Por fin reaccionó, tomó sus riendas y se fue, dejando al ciervo atrás. Sus ojos,  acostumbrados ya a la oscuridad, y el fulgor generoso de la luna llena, unido a su gran instinto, hicieron que no le fuese difícil encontrar el camino de regreso a casa.  Pero apenas tuvo tiempo de reparar en el camino. Su mente estaba en otro sitio que poco a poco iba dejando atrás...

Los siguientes días los pasó el príncipe, pues se traba de un  príncipe,  en su castillo pensando en aquel ciervo, y en por qué no le había dado caza. A nadie habló de tal suceso, prefirió no decir nada incluso a aquellos amigos que normalmente eran fieles confidentes de sus más profundas  inquietudes. Su carácter se fue tornando más silencioso, más serio. Su rostro había adquirido un aire de extrema gravedad. Era  frecuente verle con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos, sin participar en las conversaciones, alejándose poco a poco de la gente.  Se encerraba en sus aposentos, y pasaba días sin salir, ordenando que le llevasen la comida a su cuarto.  Y dejó de sentir el menor interés por todas las damas que acudían a los banquetes que solían darse en el castillo. La servidumbre estaba preocupada por él. Un cambio se había producido en el príncipe que tanto gustara de la caza y que ya no salía nunca a cazar.
¿Qué hacía el príncipe? Soñaba. Alguien le hablaba en sueños. En aquellas noches la luna irradiaba un aura mágica que antes él nunca viera con semejante intensidad, y podía mirarla fijamente durante horas y no se cansaba, sino que al contrario, sentía una especie de hermosa calma y sosiego. Y cuando al fin sus párpados reposaban tranquilamente, y el mundo material se desvanecía  como se desvanece el sol al anochecer, el príncipe escuchaba una suave voz, una especie de nana reconfortante y de extrema dulzura, a la que acompañaba una bella melodía semejante a las notas de un piano. Esa música no le era desconocida, pues ya la había escuchado antes en el bosque, el día que vio al ciervo blanco. Y cuando sus párpados se abrían, y debía volver a sus obligaciones diarias, a eso que algunos llaman vida, él seguía soñando. Y aún, como un suave eco palpitante, escuchaba aquella melodía, y a veces, creía oír una voz que le llamaba, más al volverse, no había nadie. No pocos momentos los pasaba mirando por la ventana, su cabeza reposando en su mano, como si mirase a un lejano horizonte que nadie más veía. Y llegó a confundir el sueño y la vigilia, de manera que apenas reconocía cuándo soñaba, y cuando estaba despierto. Y rogaba que nadie le molestase, que no le importunasen con los problemas de la corte.
Así pues el príncipe un día se despertó y dijo que ya no quería vivir en el castillo, ni ser príncipe, que se marchaba, porque debía buscar a alguien. Y entonces partió, con unas pocas provisiones, su caballo y su espada, y nada más. Y en el castillo todos dijeron que se había vuelto loco, o había sido embrujado, y mandaron a varios emisarios en su busca.
Las princesas y las damas quedaron muy consternadas, pues el príncipe era apuesto, y a pesar de su carácter meditabundo y solitario, poseía grandes riquezas y eran un gran cazador de contrastado valor y alta popularidad. Mas se decía que la belleza y la pompa de la corte nunca le llamaron realmente la atención, y este suceso, en opinión de las respetables damas, venía a confirmar la rareza del príncipe.



           
La primera vez que se encontraron fue junto al arroyo. El agua descendía cantando como cristal en movimiento, proyectando espléndidos colores en su superficie y reflejando una extraordinaria variedad de rayos solares que no parecían de este mundo.
Ella tenía un aspecto aniñado, aunque su cuerpo era de una adolescente. Su piel nívea y sus graciosas facciones, cierta languidez en su andar, y un brillo lleno de vida en sus espléndidos y grandes ojos negros, hacían que fuese fácil de reconocer entre las demás mujeres. Un largo cabello negro caía cual cascada de azabache sobre su espalda. Además era de baja estatura, más baja que la media de las mujeres.  De lejos bien podría confundirse con una niña. Él era un joven de rostro soñador, con cierta belleza por sus regulares rasgos, mirada profunda y carácter tímido, que se adivinaba por sus movimientos dubitativos y suaves.
La vio en la orilla. Ella había levantado ligeramente su sencillo vestido de color crema, y mojaba sus piernas de mármol en el agua fresca del arroyo. Al principio le extrañó ver a alguien en mitad de ese bosque. Y más aún a una joven tan hermosa, vestida de manera tan simple y totalmente sola. Le pareció muy bella. Sus ojos despedían vida, su cuerpo era delgado, pero sus formas eran dulces, armónicas y sensuales.  La caballerosidad del joven venció a su timidez, y le preguntó a la joven cómo estaba en medio del bosque sola, tan lejos de cualquier lugar seguro. Ella sólo sonrió, un ligero rubor cubrió su tez, salió del agua con asombrosa agilidad, no exenta de gracia, y se acercó al joven.
Así se conocieron, y aquel día cantaron y rieron bajo la luz del sol. Y entre los hermosos árboles que crecían espléndidos y llenos de vida en aquel bosque, jugaron y hablaron como si ellos dos fuesen los únicos seres del mundo. Por donde ella pasaba, las flores parecían sonreír, y las ramas de los árboles se inclinaban con una reverencia. El joven estaba maravillado. No soltaba su mano, y sentía en su pecho una pasión y una dicha tan grande y tan pura que era difícil de explicar. Hablaron con los animales, y se ocultaron entre las rocas, y dejaron que su piel reposara en la frescura del césped, que los acogía como un manto celestial. Arriba unas nubes de algodón adornaban el azul del cielo, que derramaba unos cálidos y vivificantes rayos de sol. Así permanecieron, tumbados, sin mirarse, sin hablar, pero jamás se habían sentido tan unidos a alguien. 
 Al fin él la besó, y casi se sintió mal, y se disculpó, porque ella era muy joven, y en realidad se habían conocido hace poco, aunque les pareciera que se conocían de una eternidad.  Mas su beso, a pesar de ser recibido con sorpresa, fue correspondido, y una mirada llena de ternura se dibujó en la muchacha, aunque sus delicadas facciones se tornaron serias y graves al momento.
Ella entonces habló, y le dijo que su nombre era Ruthane, y que le amaba. Pero también le dijo que ellos no podrían estar juntos pues pertenecían a mundos distintos. Y que él, al salir de aquel bosque, la olvidaría, y no volverían a verse ni a amarse. Y no debía buscarla nunca, pues ella pertenecía al Pueblo Blanco, que no es el nuestro de los humanos, si no otro al que apenas tenemos acceso.
El joven apenas escuchó, y le dijo que antes moriría mil veces que separarse de ella, que no regresaría jamás a su hogar, y que dispusiera de su vida como fuera oportuno, pero que él la acompañaría al mismísimo infierno.
Ruthane lloró. Sus lágrimas eran pequeños diamantes que se iluminaban ahora con el color del crepúsculo. La noche caía. De pronto su cuerpo empezó a desvanecerse, como se desvanece la niebla, como se desvanece el humo. El joven gritó, trató de abrazarla pero no lograba palpar nada físico ya. Ella dijo unas últimas palabras: “no les creas, confía en tu corazón, olvidarás todo, pero allá en el crepúsculo, allá donde danzan los elfos en el bosque inaccesible, me reconocerás, y si eres fuerte, y encuentras el idioma del Pueblo Blanco, me verás, y volveremos a amarnos.”
Encontraron al joven junto a un arroyo, presa de un horrible llanto y balbuceando cosas sin sentido. Era el joven príncipe, y fue atendido en el castillo. A la mañana siguiente, estaba totalmente repuesto, y nada del día anterior recordaba. Pensaron que se habría golpeado con algún guijarro cerca del arroyo o alguna caída por el denso follaje, o que debió ingerir algún fruto en mal estado.  Mas ya su salud estaba intacta y su humor era el de siempre, por lo que no dieron mucha importancia a este suceso.  
Varios años más tarde fue cuando acaeció el encuentro con aquel ciervo y la desaparición del príncipe.

De alguna forma sabía que su existencia no tenía sentido con la vida que llevaba en el castillo. Todo le parecía una mentira, una gran farsa. Detestaba a esa gente que hacía ostentación de sus lujos, de esas frívolas fiestas donde todos se comportaban como idiotas. Era como presenciar una auténtica función de teatro, un teatro grotesco. Las mujeres tan bellas como vacías, apenas lograban despertarle interés, nada había en su mirada, nada puro ni brillante ni elevado, ni un ápice de ternura y sinceridad. Las conversaciones le parecían insoportables, sobre temas intrascendentes, pedestres.. por eso casi siempre permanecía callado, y si podía, se excusaba, y escapaba a la torre más alta a contemplar la luna. Antes de su encuentro con aquel bello animal, pensaba el príncipe que su extraño comportamiento era su falta de madurez, y lo achacaba más a una inadaptación suya que a una carencia de los demás. Había tratado de sobrellevar estos aspectos como parte de su deber como príncipe, aceptando que debía llegar a ser como ellos, y tratando de disimular el disgusto que le producía el contacto con toda esa gente. Mas tras aquel encuentro, tuvo la firme convicción de que sencillamente todo era absurdo, un sin sentido, un vacío que se le hacía insoportable.
Entonces lo dejó todo y marchó hacia el bosque. Buscaba algo, algo cuyo eco sonaba en aquella dulce voz que le hablaba en sueños. Algo, un recuerdo que le perseguía incesantemente desde niño, pero que hasta ahora sólo había sido algo indefinido, apenas una extraña sensación que inquietaba su alma. Una vez acalladas las voces del castillo, podía oír mejor. Aquel ciervo blanco le había hecho recobrar la fe. Debía encontrarlo otra vez, pese a que en su primer encuentro le inspiró miedo. Si, fue miedo. A él, el gran cazador, el valiente príncipe. Pero no fue el miedo de algo ante lo que huir, sino el miedo de saber que su vida en el castillo sólo era una farsa, y que él buscaba otra cosa, y la certeza de por fin su alma había reaccionado.
Cuando llegó al bosque, todo parecía dormir. El día acababa de despertar, y aún el rocío en las hojas llenaba de brillos iridiscentes los espesos árboles. Espada en mano, se abrió paso ante la espesura, tratando de escuchar, tratando de ver algo. De vez en cuando, desmontaba ágilmente de su cabalgadura y examinaba el suelo en busca de algún rastro. Mas no encontraba nada. Siguió varias direcciones, atravesó espesos matorrales que arañaron su rostro, pero con idéntico resultado. Se sentía agotado y veía morir sus esperanzas. Así poco a poco fue llegando la noche. El crepúsculo llenó el bosque de mil tonalidades y sombras que parecían moverse por si mismas. El cielo ardía en fuego de diversos matices, y el bosque cobró un aspecto de irrealidad, semejante a un sueño, en el que los contornos de las cosas se perdían y se confundían entre sí. Pronto todo fue un festival de luces y sombras, y de extraños colores que no parecían de este mundo.
La voz en su cabeza resonó con mayor nitidez ahora: “Confía en tu corazón, olvidarás todo, pero allá en el crepúsculo, allá donde danzan los elfos en el bosque inaccesible, me reconocerás, y si eres fuerte, y encuentras el idioma del Pueblo Blanco, me verás, y volveremos a amarnos.”
El cansancio, la lucha mantenida tantos días, los nervios, quién sabe, hicieron que el príncipe cayese al suelo inconsciente. Y soñó. Volvió a soñar. Una melodía de gran belleza salía de la tierra. Unos pequeños seres de blanco pálido como la luna danzaban alegremente por el bosque. Sus pies eran  ligeros, su  aspecto era gracioso y  aniñado,  y unas finas alas salían de las espaldas de algunos. Ya el sol dormía y la luna resplandecía en lo alto, destellando con una fuerza extraordinaria.  Y aquellas criaturas danzaban y reían junto al arroyo. Las flores habían despertado en la noche, revistiéndose con sus mejores galas, parecía una auténtica primavera que hubiera llegado de repente. Los árboles agitaban sus ramas dócilmente y parecían sonreír, y una miríada de murmullos que llegaban de todas partes sonaba como en eco en el paisaje. Y la brisa jugaba suavemente con los cabellos de aquellos seres, y a veces, de manera traviesa, soplaba más fuerte, pero sin violencia, y aquellas criaturas con alas veían sus pies elevarse del suelo y flotar en el aire ante las  risas melodiosas de sus compañeros.
Y entre aquella fiesta de la naturaleza, de magia y extraños seres, una figura fue abriéndose camino. Parecía que la luna hubiese bajado del cielo y caminara suavemente hacía el príncipe. Las estrellas titilaban en lo alto, las risas, la música, y mil sonidos nocturnos acompañaban el suave caminar de la criatura cual maravillosa corte de un rey. Era un ciervo blanco, que se erguía orgulloso, y miraba fijamente y con  enorme dulzura al príncipe.
Despertó. Estaba en medio del bosque y aún era de noche. Los árboles estaban bañados aún por la espléndida luna, que colgaba muda en lo alto. Ya nada se oía. Las hojas dormían. La música había cesado. Todas las visiones parecían haberse desvanecido. Todo aquel extraño sueño había cesado. Todo, salvo una pequeña figura blanca de inefable pureza, con un cabello negro como azabache, una figura aniñada vestida con un sencillo vestido color crema, que sonreía con inocencia junto al arroyo. Ruthane. El príncipe corrió hacia ella y la tomó en sus brazos. Y las risas llenaron el bosque, y las lágrimas de ambos se mezclaron, lágrimas de felicidad que no podría expresarse con palabras. “Donde sea pero juntos” dijo el príncipe. Y ella asintió en un éxtasis de alegría. Las flores les saludaron, la música volvió a sonar, pequeñas personas blancas con alas salieron de detrás de los árboles,  rodeándoles y cantando,  y la luna les protegió con su espléndida luz en su camino hacia la eternidad.

Por varios días los emisarios del Rey recorrieron el bosque buscando al príncipe. Pero jamás le encontraron. Y nada vieron, ni escucharon. Ni siquiera cuando cayó el crepúsculo: ni las flores, ni la música, ni criatura alguna. Sólo árboles y más árboles mudos que dormían su sueño milenario. Y volvieron al palacio, a seguir con sus banquetes, sus fiestas, y sus quehaceres diarios.

                                                                                  Sir Percy.

domingo, 26 de julio de 2015

Se Hace Tarde


Se hace tarde. Asoma la luna.
El jardín duerme, bosteza.
Oigo tu voz. No es de ahora,
Ya se fue. Tantas estrellas
Y tan poca luz...
Sobre el cerro
Canta una muchacha:
"Cuán bello el verano
Para quién no tiene pasado,
Para quién nadó en el Leteo,
O aguas frías le curaron"
Soledad y sollozos,
De día cambiamos la cara.
Besos en mal estado.
Besos fríos y abrazos.
Y gira...
el mundo gira,
Deja de lado a los muertos
Y a los enamorados.
-E

martes, 21 de octubre de 2014

A Veces Te Miro...

A veces te miro cuando soñadora
En algo invisible fijas tu mirada:
Y siento mía esa velada nostalgia,
Algo tan bueno que asoma,
Algo tan bello que entraña;
Aroma de abril que tu esencia 

Dulcemente toda emana.
Asi te conocí. Unas lineas
Tan tiernas y delicadas,
En ellas un corazón puro palpitaba.
Un casto beso, caricias y luego el cielo. 

Y tu recostada sobre mi pecho,
Y yo bebiendo de tu sagrado silencio.
Te hice mía; aquel día
En el sueño del sol te hice mía,
Bajo la luna se fundieron dos almas
Y como amantes eternos
Unidos en uno nos acunó la mañana.
A veces creo que ya te conocía,
Que viajamos para encontrarnos
Cruzando tiempo y galaxias.
A veces te creo sueño de mis anhelos,
Princesa de los cuentos de mi infancia,
Y te miro como se mira al cielo,
A la luna, a las estrellas, a todo lo eterno,
Y con auténtica devoción te venero.
A veces te miro cuando lánguida
Se cierne sobre mi tu mirada,
Dulce poesía que mi ser embriaga,
Y en silencio me pregunto
¿Podrías ser tú en verdad aquella dama...?

A M. 


Enrique Rull Suárez

lunes, 30 de junio de 2014

¿Dónde fue el Príncipe?


¿Dónde fue el príncipe?
Preguntaron las princesas
Y el rey respondió:
-Se fue, se fue con la doncella.
¡No era atractiva!
Una Gritó
¡No era bella!
Otra chilló
Mas el rey solo respondió:
“¡Ay! Pero se fue con la doncella.”
¡No era rica!
¡No era noble!
¡Vestir no sabía!
Dinos padre
¿Esa doncella que tenía?
“Yo sólo sé, dijo el Rey,
Lo que el príncipe me habló:
“Padre, son sus ojos sinceros,
y verdadero su corazón.
Habla poco, siente mucho,
Y es su digna humildad
Lo que la cubre de esplendor.”
“Pero príncipe, mira a las princesas:
son ricas, sensuales, bellas...
adornadas con perfumes y gemas,
sus dientes son perlas y su piel es de seda...
¡Todo es placer y riqueza!”
“Mas ninguna tiene - dijo el príncipe
tanta pureza,
y un corazón tan tierno y noble.
En su alma está toda la riqueza.
Y es por lo que abandono la corte,
la pompa, el artificio
y me voy con mi doncella,
Haré de su amor mi reino.
Cambio mil sensuales mentiras,
Por una mirada sincera.”

                                                A M. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Primavera

Lluvia, nubes. Y después de nuevo el sol. Todo pasa. Así transcurren las estaciones ahora: tan frías, tan pálidas, tan vacías. Recuerdo al principio: aquellas primaveras que florecían en un festival de vida y color. El aire perfumado con ese dulce e intenso frescor de las flores recién regadas. En toda la ciudad podía respirarse ese aroma que embriagaba la sangre de ardor juvenil, optimismo y esperanza.
Y cuando llovía ¡qué felices éramos! Todo quedaba precioso, empapado de un radiante y suave rocío, alumbrado por esa extraña y reconfortante nostalgia gris que se desprendía del cielo. Todo era mágico y misterioso. Pero nada podía compararse a tu rostro, con el cabello húmedo y pegado a tu frente sin ningún orden; y tus ojos tan oscuros y sugerentes, con esa chispa de luz tan cálida que me daba la vida al posarse sobre mí. ¿Cómo te atrevías a decir que estabas fea? En aquellos momentos eras la criatura más hermosa de la tierra. Te doy mi palabra. Aunque yo trataba por todos los medios de disimular la impresión que me causabas. No sé si lo conseguía. A tu lado estaba desarmado, me sentía desnudo, torpe y vulnerable. Me volvía a sentir como un niño, cuando en realidad me estaba convirtiendo en un hombre. Yo sólo veía en lo que tú llamabas “tus defectos”, la más absoluta perfección. Yo era esclavo de tus emociones, y tu sonrisa era para mí la primavera. Con qué alegría contenida paseaba junto a ti entre las sombras danzarinas de los tilos, aún con la humedad en el ambiente, y con las hojas derramando perladas gotas de la lluvia, que había pasado como un beso, llenando los sentidos de un aroma juvenil, de algo intenso y femenino.
A veces, distraídamente, sin darle la menor importancia,  colocabas tu mano sobre mí en una especie de caricia, y yo me estremecía. Eran mi cuerpo y mi alma quienes a la vez se estremecían. Algo en mi pecho se agitaba con vehemencia, tan intensamente a veces que creía que me iba a ahogar. Pero era tan agradable, tan misterioso, todo ese torrente de sensaciones nuevas e inefables...

Escribiendo estas líneas me pregunto por qué no se borran los recuerdos como se borran las palabras. Debería ser así de fácil. Aquellas primaveras jamás volverán. Yo no soy el mismo. La lluvia ha perdido su aroma, y el sol su brillo. Y tú ¿quién sabe dónde estás? ¿con quién estás? ¿qué soy yo ahora para ti? Sólo sé que mi mundo fue unido al tuyo, y se rompió en mil pedazos cuando desapareciste de mi vida. Sé que ya no estás, pero el corazón no olvida. Daría lo que fuera por recuperar aquellos momentos, aquellas sensaciones mágicas y brillantes. Pero todo ha pasado, tan fugaz, sin dejar rastro, como una lluvia en primavera, y apenas mi vida es un recuerdo. Y sé que ya nada volverá a ser igual.

Enrique Rull 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Notas De Un Poeta Fallecido

"¿Amar? He amado tres veces,
tres veces, y las tres sin esperanza."
M. Lermontov 


Declina el sol ante mis ojos, hundiéndose en cálidos colores ígneos, bajo un cielo azul y gris ceniza. En un instante la brisa se ha tornado fría y áspera, y la vida languidece con presteza a mi alrededor. Pasear a estas horas ya no resulta agradable. Me dirijo ahora a casa.    
Mi caminar es lento y pesaroso. Mis pensamientos se han ido tornando cada vez más tristes con el declinar del día. 
Creo que la nostalgia espera a la noche porque se comprenden muy bien. 
Entro en mi habitación. No hay rastro de vida. La casa esta sola, en completo silencio. Mi cuarto con su habitual desorden. Tantas cosas, tantos trastos que me esperan en el mismo lugar. Parecen mirarme, observarme en misterioso y eterno mutismo.
Me siento en mi escritorio y hundo la cabeza entre las manos, abrumado por una nostalgia indescriptible. 
A mi mente van llegando recuerdos del pasado, poco a poco, como si uno arrastrara al otro de la mano, a cada cuál más triste. Son recuerdos que salen de algún lugar de la memoria donde permanecían presos y ocultos. ¡Oh! ¿De dónde salís? ¿Qué os trae de vuelta? ¿Y por qué? ¿Por qué?¡Espíritu soñador! ¡ Tú me traicionaste ! Mi Mefistófeles.... ¡Cuántas mujeres amé de manera desaforada, rozando la locura! ¡Cuántas lágrimas, cuánto amor tan puro vertido en el suelo, como el dulce vino de una copa que se derrama! ¡Pero tú, tú estabas por encima de todas....!
Fui feliz a su lado. Dormía junto al dulce murmullo de su corazón. Su perfume era la atmósfera del cielo, el sutil y denso aroma que despiden los ángeles. 
Entonces estaba vivo. Sentía mi alma brillar, sentía cada partícula de mi ser rebosar de alegría, de una fuerza renovada que me otorgaba alas para llegar a cualquier lugar. 
He intentado recuperar esos momentos en vano. Escuché a los sabios, intenté enfrentarme a la razón cara a cara. Entendí todo lo que había que entender. Fui fuerte y seguí mi camino solo. A cada paso avanzaba, como me dijeron los maestros. Pero yo recordaba mis alas; y arrastrar el cuerpo para alguien que ha volado es una lenta y penosa agonía. “No te ancles a tu pasado” me dijeron ellos entonces. Borré mis recuerdos, encontré gente nueva, trabajo nuevo, nueva casa y una nueva vida. Pero yo lo sabía,  no eran los recuerdos, era mi esencia, mi propia naturaleza. Yo había tenido alas, necesitaba volar. En un instante había poseído la eternidad. Y ahora me arrastraba por el suelo. La lucha estaba perdida. 
Por la ventana contemplo la luna. ¡Oh, quisiera enamorarme de ti, pensar que eres “tú”, quisiera poder contemplarte cada noche con regocijo, y dormir acariciado por tu divina y etérea luz! Y aún cuando nunca te alcance, despertar cada día con la esperanza de volver a verte brillar. 
Me siento prisionero. La vida es una tumba fría y solitaria. Sé que este no es mi lugar.
El ruiseñor envidiaba las notas que articulaban sus labios. ¡Qué música, llena de frescura, de acariciante ternura y de una misteriosa e inefable belleza! Sabía tañer las cuerdas de mi corazón hasta hacerlas vibrar en un éxtasis celestial. Y la veía caminar, y nunca caminaba, sino que danzaba con la elegancia de un cisne, con magia que embotaba los sentidos de quienes la contemplaban.
Todo el cuarto está a oscuras. Nunca fue la oscuridad tan cruel, tan lacerante. Hoy las tinieblas vienen acompañadas de ese frío que congela hasta el tuétano, y de esa soledad angustiosa que se debe asemejar al infierno. Me fallan las fuerzas.
Salgo solo al camino. Oigo el roce de las hojas que se agitan suavemente en la espesa oscuridad. Avanzo sin conocer mi destino, como un barco abandonado a la corriente. 
El mundo duerme. Las personas recogidas en sus casas. Les envidio. Unos se aman, otros se dejan llevar por sus sueños, otros en desvelo, combaten contra sus problemas tan mundanos pero dignos. Todos en sus hogares, esperando un nuevo amanecer para continuar con sus vidas. Yo no tengo hogar. Un demonio, una inquietud corroe mi alma y no me deja descanso. A cada paso siento que mis pulmones se van quedando sin fuerza. ¿Quizá volé demasiado alto? Si así fue, es el amor el que me condena. Y aún en estos momentos en los que sé que mi vida se extingue, no puedo dejar de pensar en ella. 



Enrique Rull Suárez

domingo, 21 de julio de 2013

Recuerdo y Olvido

Despierta el eco dormido
De tu sombra en la ventana,
Noche de lluvia y vino,
¡Y tu imagen adorada!

Cantabas ¿recuerdas?
Cantabas junto a la ventana,
Y era tu mirada
El suspiro de tu alma,
Dulce, tierna, lánguida,
Todo en ese fuego que quemaba.
El roce de tus dedos,
el sabor de tus labios y el deseo...
Al amor nos entregamos,
Y tras el violento arrebato,
El dulce cielo,
Dos cuerpos, un alma,
Tanta ternura,
en la más bella

y sagrada calma.


Regresas hoy.
Apenas ya respiro,
Regresas cual recuerdo
En este sueño en el que vivo.

Seguí avanzando solo:
Hablo, como y río.
Seguí por la vida
Mintiendo sin sentido.
Te engañé a ti,
Me engañé a mi mismo.
Cruel burla de un cuerpo
Que perdió su alma
Al tratar de enterrarte en el olvido.
Caminé sin ti,

(¿Cómo he podido?)...
Hoy mi botella, el vino y el delirio,
Hoy es todo claro y nítido.
Tú recuerdo en la ventana,
y tu silueta que canta...¡Tan dulce, amor mío!
Hoy otra vez por ti suspiro.
Estoy vivo y no soy nada.
Mi corazón late sin ritmo,
No tiene sangre, no tiene brío,
Sé que de muerte está herido.
Un último trago amor mío,
Apuro esta gota,
Arrojo el vaso al olvido,
Que tu recuerdo me acompañe
En mi último suspiro. 


Enrique Rull Suárez

jueves, 30 de mayo de 2013

Gotas de Lluvia

Es la lluvia una música que, cual rumor distante y lejano, trae recuerdos de otros tiempos, de otros rostros, de delicados aromas que hacía mucho se habían evaporado. Manto frío y gris se extiende fuera. Y pronto el abrigo de la noche: sensual, misteriosa, a veces triste...¡A veces triste! Cuán sola cada gota que cae del cielo, que golpea el suelo, grita y desaparece en la nada, sin siquiera dejar eco... ¿Será así reflejo de nuestra vida? Quizá, quién sabe. Gotas que caemos y desaparecemos en la noche sin siquiera dejar eco. Pero a veces, ¿no es la lluvia dulce y reconfortante melodía? Hay algo de pureza y de libertad cuando danzamos bajo la lluvia. Hay algo mágico y único cuando besamos bajo la lluvia. 
Sé que me iré, gota solitaria, algún día contra al suelo caeré y no habré de seguir. Mas mientras caigo, quiero tocar la más bella melodía. Quiero que ese dulce y acariciante rumor lejano llegue a los oídos de las más bellas almas, de los grandes y cálidos corazones que en su soledad se cobijan durante noches lluviosas. Y sé que esa melodía habrá de perdurar, como perduran los verdaderos besos, como perduran los héroes, como perduran los poetas.
E-

jueves, 18 de abril de 2013

A un amigo

Vi tu mirada.
Acaso 
¿Era tu alma? 
Estaba rota, mustia, ¡muerta!
¡Si, era tu alma!
Puedes sonreír pero no me engañas,
sé que el diablo te ha roto por dentro, 
sé que anoche
deseaste partir
hacia el olvido eterno.
¡No te avergüences amigo mío!
Que yo 
bien te comprendo. 

¿Y esas lágrimas invisibles?
¡Esa furia, esa rabia que grita,
Y que contienes con agallas!
¡Y Dios mío,
Toda esa tristeza que te baña…!

Lo sé, lo sé.
Fueron los segundos horas,
La noche, el infierno,
Puñales con veneno que a miles
Se clavaban.
Hasta el aire dando dentelladas.
¿Quién habla del cuerpo?
¡No yo, que conozco el dolor del alma!

Y aún así delante de mí
Ni una lágrima derramada.
¡Valiente, llora! Eres hombre.
Eres más hombre que nadie
Porque amas,
Y con todo ese dolor en la mirada,
Con todo perdido,
Aún aguantas.

No, no es la vida justa,
No es un bello cuento de hadas.
Y me destroza el alma
Ver tu mirada rota
Por el dolor desgarrada.
Amigo mío, ¡aguanta!

A R.


Enrique Rull Suárez

martes, 26 de marzo de 2013

A mi Abuela

Me da miedo el otoño
Cuando sé que no volverá la primavera.
Te miro. Tus ojos fijos en el vacío.
Tiemblas. Fría. Mustia. 
Estás y no estás.
Tu vida son recuerdos. 
¡No es esperanza, 
No son sueños!
Recuerdos. Sólo Recuerdos.
¿Pensarás en el mañana
Cuando sabes que no habrá?
Apenas, con desprecio,
Al futuro le dedicas algún instante.
La juventud tiene los sueños
La madurez tiene el presente.
Pero ¿y la vejez? ¿Acaso ya no siente?
¿Acaso porque ya sabe, no siente?
¿O porque sabe,  no sueña?
Con altivez indiferente espera la tierra
Volver a abrazar a sus hijos.

Aún puedo verte coser mi ropa en la cocina
Tus hábiles dedos, con tanto empeño,
en la labor absorta, mientras humeaba
El aromático guiso que preparabas,
Y que con cariño cuidabas al mismo tiempo.
Y tantas riñas, caricias y juegos…
¡Cuán ágil perseguiste
A aquel travieso nieto,
Con intención de darle algún azote
(Merecido, reconozco)
Por su avieso comportamiento!
¡”Diablillo”! ¡Cómo me gritabas!
¡En la tarea, doy fe, energía derrochabas!
¡Cuántos dolores de cabeza por mi culpa!
¡Pero qué bien lo pasaba! ¡Y tanto te quería!
Al parque me acompañabas. Al salir del colegio.
Me protegías. Me cuidabas. Me enseñabas.
Y yo sin saberlo.
Hoy apenas puedes moverte. Apenas oyes.
Apenas hablas.
Hoy soy yo parte de tu aliento.
Han caído las hojas.
Débil, trémula,
Apenas unos huesos y piel ajada quedan
de aquella figura robusta y lozana
que antaño tanto me cuidaba y enseñaba.

Hoy crecí. Aprendí algunas cosas abuela.
Mas aún la vida yo no comprendo:
No comprendo si hoy el otoño llega
Por qué no ha de volver la primavera.

Dedicado a mi abuela.


Enrique Rull Suárez

domingo, 17 de marzo de 2013

No Sobreviviré Otro Otoño...

Escarcha en los párpados,
Pupilas de cristal,
Marchitos los labios,
Se apagó el astro del día.
Dijiste no. La vida pasó.
Todo es humo,
Viene de la nada, a la nada va
Y dibuja mentiras en el cielo
Que jamás podré olvidar.

No sobreviviré otro otoño.
No quiero ser uno más sin corazón.
Ya elegí sacrificar el sano juicio
Mas ahora el doble siento, el doble sufro
El doble lloro y muero por dos.
En mis venas corre sangre emponzoñada
Violento y agrio vino de inquietud
Que no me deja, desde pequeño,
Vivir la vida en plenitud. ¡Locura!
Si.
O Amor.
.
Soy soledad en la distancia,
Triste rama que el viento
Del árbol arrancó.
No sobreviviré otro otoño.
Era de noche. Mi lamento nadie escuchó.
Seguí las huellas de tu último beso,
Al abismo me llevaron. Al dolor.
¿Hay luz en la vida?
Venimos de las tinieblas
A las tinieblas nos vamos,
Todo lo que hacemos, todo lo que somos
Todo lo que amamos…
¿No es acaso más que fugaz suspiro vano?
¡Adiós! Palabras, lealtad, juramentos,
Un “te quiero”,
¡Mentira! ¡Hipocresía!
¡Adiós!
Os dejo mi luna, mis estrellas,
La luz del crepúsculo, una mirada tierna,
Y mis cartas de amor.
Nada más tengo.
¡Adiós! 

Enrique Rull Suárez

viernes, 8 de marzo de 2013

Poesía

Soy los labios que ciegos besan tus labios,
El incontenible deseo del amor sincero,
Esa sensación que no encuentra la palabra
Cuando un alma siente suya a otra alma.
Soy la razón al corazón rendida,
Soy la luz que guía al ciego
Cuando el mundo le da la espalda.
Soy de los siglos el suspiro,
De la eternidad el eco que no calla,
Soy los sueños, los recuerdos, la esperanza,
La soledad y la amistad, la pasión y la ternura;
Soy Fuego, Tierra, Aire, Agua,
Y el quinto elemento
Que todos buscan y no hallan.
Soy el último suspiro que sale del cuerpo
Y vuela con el alma,
El cielo que impasible e inmenso
Se funde en mil tonalidades y el paisaje cambia.
El céfiro furtivo que agita las hojas en el valle solitario,  
El sauce junto al lago que se mira en sus aguas
Silencioso sumido en eterno llanto.

Soy las alas de la mariposa en primavera
Que tiñen la brisa del alba de tonos iridiscentes,
El suave rocío de diamante en la rosa secreta
Que se desliza cual lágrima por sus pétalos resplandecientes.
Soy el ave que canta en el más recóndito de los lugares
A la tenue luz vespertina que se derrama entre
Mil  árboles salvajes.
Soy la lluvia, las montañas, los bosques y valles
Y las enfurecidas olas de los tormentosos mares.


Soy la bailarina que danza
Al palpitar del corazón la melodía.
Soy el mundo de la idea,
Que la palabra se acerca mas no alcanza,
Soy la mano que intenta atrapar a la Belleza;
Aquello que perdura, aquello que no pasa.
Soy la sinfonía que hace vibrar las cuerdas
De las tiernas y de las bellas almas.
Soy el Cuervo sobre el busto de Atenea
Cuyo “Nunca Más”, jamás acaba.
Soy de Endimión el dulce sueño
Y de Selene el brillo de su amor eterno.
Soy el mundo de los sueños, de la nada.
Soy locura que encierra una fuente visionaria,
Soy invisible a los ojos,
Del espíritu soy la hermana,
Soy música, soy armonía,
Soy la Verdad, la Pureza,
La conciencia que en la noche te habla.
Soy un niño, un héroe, una mujer enamorada,
Soy el azote de las necias masas,
Soy del tirano la caída,
Soy la Justicia, la Libertad, la Rebeldía,
Soy Apolo, soy Némesis y soy Diana,
Soy las aguas de la fuente de Castalia,
Soy la esencia de la vida,
De la muerte la esperanza,
De los Dioses
Soy la hija sagrada,
Soy la canción
Que bailan las almas
De aquellos que se aman.

Enrique Rull Suárez

domingo, 3 de marzo de 2013

Muda la Brisa...

Muda la brisa, limpio el cielo está,
Noche de calma, noche de cristal. 

Calles huérfanas, silencio. Oscuridad.
Pasos cansados avanzan sin mirar.
No hay dirección
Salvo huellas vacías de soledad.

Mis labios recuerdan tus labios.
Mis manos recuerdan tus manos,
Tu cuerpo rendido en mis brazos;
Y tu ardiente boca
No dejaba de besar.
¡Eras mía 

En la noche de cristal!

Temblabas bajo el aliento de la luna,
Brillabas bajo mil estrellas
Cansadas de brillar;
En la frágil noche eras la frágil llama,
que quemaba, que incendiaba la oscuridad.
Y bajo la brisa celeste
Y de las hojas el murmurar,
Confidentes de nuestra dicha
¡Te hice mía

En la noche de cristal!

En las tinieblas del ensueño
Nuestras almas se fundieron,
¡Tormenta, nubes, tempestad!
Era de noche, brillaba el sol en mi alma
Con su luz crepuscular,
Apuré tu tierno gemido,
Tu cálido pecho de almohada
Acunó mi corazón encendido,
Y mi sangre toda ella cantaba
En un dulce letargo
Como si hubiera tomado
el más agradable vino.
Tus párpados despertaron
Como en sueño de mayo.
Nos despedimos.
Y con febril devoción
Sigilosa y ágil te vi marchar.
¡No sabía que no volvería
Aquella noche de cristal!

Ciego, hambriento, sediento,
Camino solo en la noche sepulcral.
Murieron las flores del jardín de mi alma
Briznas de hierba se doblaron sin hablar,
La fontana se detuvo, se secó el robledal,
Incluso el ruiseñor ha dejado de cantar.

Muda la brisa, limpio el cielo está,
Noche de calma, noche de cristal.


Enrique Rull Suárez

lunes, 25 de febrero de 2013

Y si cae la noche...

Y si cae la noche, 
Yo veré en la oscuridad,
Seguiré la brillante estela
De tus finas alas de cristal. 

Beberé en la sagrada fuente
De tus suaves labios de azahar,
Y enjugaré mi amargo llanto
Sobre el seno de tu beldad.

¿No es la noche más hermosa
Tu mirada 

Que no cesa de brillar?
¿No son negros diamantes 

Esos ojos
Que refulgen en mi alma,
Que levantan tempestad,
Que hacen sonrojar a las estrellas,
Que empalidecen en la noche
La belleza de la mar?

¡Sea, pues, que caiga la oscuridad!
¿Quién quiere un amanecer
Sin tus labios?
¿Quién quiere el calor del sol
Si tú no estás?
¿Quién quiere luz 

Si tú en mi pecho
Dejas de brillar?

Porque la noche es junto a ti un cuento
Que no tiene final... 


Enrique Rull Suárez

sábado, 16 de febrero de 2013

Rosa Solitaria

La rosa vierte su aroma
Igual que tú la triste pena,
Aún es dulce, aún es bella,
Es nube gris en primavera. 

Y sola, creces majestuosa,
Memorias de espinas te rodean,
Pétalos tus ojos llevan,
Caricias que fueron tiernas,
Cuando aún en tus pupilas
Bailaban las estrellas.
¡Floreces en invierno
Mi rosa de hielo
Aunque hoy es primavera!

Mi mano se acerca y se aleja,
Cortarte es matarte,
Mirarte, anhelarte,
No tenerte es morir de pena.

Ya la brisa los corazones perfuma
Con el primer aliento del sol y la luna,
Ya oigo a tus pestañas susurrar
Como alas de mariposa
que se baten por liberar
el brillo de azabache
de tus ojos al mirar
un nuevo amanecer
de nuevo en soledad.

Rocío en tus ojos quema,
Húmeda fue la noche,
La luna huyó de tu pena,
Y en un suspiro
Mi alma cae y por completo se entrega,
Y en un suspiro
Tu aroma mi mundo de nuevo llena,
Y vuelvo a intentar cuidarte
Tenerte…¡Amarte!
A ti, solitaria, la rosa más bella.


Enrique Rull Suárez

domingo, 27 de enero de 2013

¿Temes mis besos?


¿Temes mis besos?
Yo los tuyos temo.
De tu mirada siento miedo,
De esas tiernas pestañas
Que se arquean al mirarme
Suntuosas, oscuras y sensuales;
De tus pupilas donde me veo
Temblando como niño sin resuello.
Temo tu voz que hace vibrar mi cuerpo,
Temo tus ademanes, tus palabras, tu silencio,
Temo el calor que emana de tu seno,
Y temo tu sonrisa que me deja sin aliento.
¿Y tú? ¿Temes mis besos?
No temas al alma pura que se entrega toda
No temas la inocencia que me mueve
La devoción que por ti siento,
¡No temas esos besos!
Que mis labios al tocar los tuyos,
Buscarán tu alma, tu corazón, tus secretos.
Así como la rosa sólo brilla cuando se abre
Y se baña en dorados rayos de vida,
Así  hoy mi corazón se ha abierto,
Y brilla con el suave candor del cielo
Que emana dulcemente tu alma divina.
Así, mujer, no temas mis besos.
Pues sólo inocencia y amor
Caben en este pecho.

Enrique Rull Suárez