domingo, 20 de marzo de 2011

Cárcel de Amor



Soy un árbol que contempla
Cómo canta el más bello pájaro en sus ramas
Escucha y calla, y jamás habla,
Al más bello pájaro que canta en sus ramas.

Soy el susurro del viento tras la ventana
Invisible, te mira, te sueña, te ama
Oyes mi lamento sollozar tras la ventana,
Mas me pierdo en la noche, y me voy en el alba.

Soy el estanque nocturno que descansa
Con el reflejo de la luna en sus aguas
Y acaricia su luz, la guarda y la ama,
¡Sólo el reflejo de la luna en sus aguas!

Es mi mundo una cárcel vacía
Reina la soledad, el silencio ensordece mis días
De tu recuerdo soy esclavo
Última esperanza de tu amor negado.

Tras la puerta hay un mundo que espera
La alegría, las sonrisas, el amor, la primavera,
¡El Amor!
Que espere ese mundo, que espere la alegría
Que se detenga la vida y la felicidad muera
Que mi cárcel con tu recuerdo lleva
La única luz que puede traer mi primavera.

Enrique Rull Suárez

sábado, 5 de marzo de 2011

domingo, 20 de febrero de 2011

A un gatito... (Cuento)

“Pues el gato es enigmático y está familiarizado con las cosas extrañas que los hombres no pueden ver.”
Los gatos de Ulthar, H.P. Lovecraft

Amanece. Aún son débiles los rayos del sol y aún es pálida y lúgubre su luz, pero ya anuncian un día de intenso calor. Otro más en este sofocante verano.
El silencio es dueño de la calle. Le acompaña una inquebrantable quietud. Los pajarillos todavía deben permanecer dormidos, pues ni si quiera las bellas notas de sus cantos adornan el aire esta triste mañana. Su música alegre contrasta con la vida diaria. Les echo de menos.
A mi derecha, mientras asciendo por una calle vacía y gris, está el parque.
Juraría que está triste. Aquí las verdes hojas parecen vivir en un otoño eterno, pues aunque verdes, les falta la frescura y la vida de la primavera. Los árboles observan desde lo alto, con misteriosa calma y extraña melancolía, resignados a permanecer en soledad, rodeados de carreteras y descomunales edificios sin alma. Así me lo parece. Sigo subiendo por la calle, el mismo camino de siempre.
A mi izquierda, una interminable fila de coches aparcados y mudos; y la carretera, un desierto de asfalto sin rastro de vida.
Me conozco este camino de memoria. Día tras día lo recorro, siempre solo. Siempre el mismo paisaje, idéntico decorado. Y sin embargo no me canso de contemplar esos majestuosos árboles, ni de escuchar la alegre tonada de los pájaros, que en primavera y verano me suele acompañar. Aunque hay días que todo parece tan lejano y velado por una espesa niebla.
Cuando llegue al final de la calle en cuesta, me espera otra calle mucho más transitada; me espera el ruido de los coches, sus estridentes e incesantes pitidos, los motores acelerando, frenazos, insultos de algún conductor de mal humor... Es una atmósfera totalmente distinta a la que ahora mismo recorro. Allí, la vida de la gran ciudad, tan ruidosa, tan acelerada, tan fría; aquí, el triste silencio de un camino solitario, vacío y yerto.

Me quedaría a vivir junto a los árboles.

Silencio. Mis pasos es lo único que escucho. Parece que no camino por propia voluntad, sino que una fuerza surgida de la nada me empuja. Cansado, resignado, pensativo, con la mirada fija en el suelo, avanzo con pesadez y apatía.
De pronto, algo llama mi atención.
Muy lejano, es un gemido. En un primer momento no sé si es real o producto de mi mente. Es como un leve susurro tan dulce y a la vez tan triste que logra conmoverme. Miro a mí alrededor, pero no veo nada. ¿De dónde viene?

¡Otra vez ese gemido! Más fuerte e intenso, más dulce y más triste.
Mis pies se enredan en algo que es suave y cálido. Casi pierdo el equilibrio, pero consigo mantenerme en pie y miro hacia abajo.
Unos preciosos ojos como perlas se elevan desde el suelo hacia mí. Veo unas pupilas negras rodeadas de un iris de azul cristalino, con un brillo en el interior como el de las estrellas en una noche oscura. Me miran tan fijamente que olvido el mundo por un instante.
Un hocico pequeño y rosáceo, adornado con unos blancos bigotes que caen a los lados, y unas graciosas y puntiagudas orejitas, son el marco de esos ojos.
Es una gatito. Un gatito de color pardo con un pelaje más largo y lanudo de lo que suele ser habitual en los gatos callejeros. Su tamaño y sus maneras indican que es sólo un cachorro de muy corta edad.
Sus movimientos son torpes, sus andares no muestran demasiada agilidad o decisión, aunque no carece de la gracia y elegancia que caracteriza a estos felinos.
Contra mis piernas acaricia su lomo de tan suave pelaje. Sus maullidos no cesan, como si me implorase ayuda, como si quisiera que me detuviese a escucharle, mientras se enreda desesperadamente entre mis piernas, así que me tengo que detener para no pisarle o herirle, porque no me deja caminar.
No lleva consigo collar alguno, ni otra seña que le pueda identificar. Desde luego, no parece un gato criado en la calle, como tantos que abundan en la ciudad.
Desvío mi camino bruscamente, dejando al gato atrás, y acelero el paso. No debo distraerme o llegaré tarde. No puedo permitírmelo, ya voy con el tiempo justo. Intento ignorar al animal, haciendo como si no le hubiese visto.
Me sigue. Sigue maullando. Me alcanza.
De nuevo, acaricia su cuerpo, suave como lana, contra mis piernas.
De nuevo intento dejarle atrás y otra vez me alcanza. Otra vez se pega a mí.

Maldita sea, tengo que despistarle, no sé qué hacer con él, no puedo pararme a atenderle ni dispongo de tiempo para llevarle a ningún sitio. No, no tengo tiempo, no llegaré al trabajo. Me da lástima pero no puedo perder mi empleo sólo por un animal.
Me acerco a un cruce, aquí el tráfico crece y hay muchos coches que pasan ante mis ojos a toda velocidad, cortando el viento. El ruido aumenta y ya no oigo al gatito. El parque comienza a quedar atrás. Giro la cabeza y miro de reojo hacia abajo. Ahí está el pequeño animal, abriendo su diminuta boca sin que pueda escucharle ya, perdida su dulce voz entre el atronador ruido del tráfico.
Me vuelvo y veo a algunos coches pasar ante mí. Y más allá la gran ciudad. Espero un instante; ahora ya no pasa ningún coche. Ahora puedo cruzar. Una lucha en mi interior hace que mi alma se tambalee, el corazón me aprieta y el pecho amenaza con estallar. Un instante, un pie en el asfalto...El pequeño animal se ha quedado parado. Le miro de reojo, de nuevo, por última vez, dispuesto a engañarle, a cruzar la calle, a perderle para siempre.
No puedo.
Doy media vuelta, me inclino y le susurro: “¿qué tienes, pequeño? ¿Te has perdido? ¿Dónde están tu mamá y tus hermanitos?” Al tiempo que le acaricio esta vez yo, su pequeña cabeza de peluche.
Otra vez esos ojos fantásticos se elevan para hipnotizarme. Ahora no puedo moverme, no puedo apartarme de su mirada.
Comprendo. Quiere algo. Necesita a alguien. Necesita cariño. Entiendo su mirada, mejor que si su boca pudiera articular palabra alguna. Me inclino y con todo cuidado, alzo al animal del suelo y le rodeo entre mis brazos y le aprieto con suavidad pero con firmeza contra mi pecho.
Al diablo el trabajo.

Llevo ya un buen rato en pie, sin dar un solo paso, acariciando y besando y hablando a este gatito que apareció de la nada. Supongo que no soy más que un estúpido sentimental. Ya no me da tiempo a llegar a la oficina. El jefe me va a echar: ayer dijo que no pasaría ni una más. Tendré que comenzar a buscarme otro empleo. Lo haré. Sí, esta tarde buscaré algo.

Tanto tiempo caminando en la oscura ciudad, entre ruidosos coches y autobuses, sucios vagones de metro, calles atestadas de gente de amarga mirada, conduciendo el coche al borde de un ataque de nervios...trabajo, compañeros a los que poner buena cara, soportar las invectivas del jefe... comida en cinco minutos de pie y, de nuevo, atravesar, la ciudad para ir a dormir a casa... Estoy tan cansado…
Ya no logran conmoverme las trágicas noticias de los diarios de la mañana, ni la problemática vida de mi compañero de trabajo, ni tan siquiera la madre que llorando pide limosna, con su bebé en brazos, en los vagones del metro. Solo siento un fingida alegría en las reuniones y fiestas con mis compañeros, tan vacías y falsas como las palabras de cariño y las caricias de las mujeres con las que he estado. Demasiadas mentiras, todo tan predecible, vendieron su inocencia por placeres efímeros y coches caros, su vida es feliz porque es una alegre mentira. Siempre rodeado de tanta gente y más solo que nunca … no deseo seguir así.
Yo mismo me he vuelto tan frío … he aceptado mi realidad y la afronto día tras día sin inmutarme, apenas siento nada. La rutina diaria me ha acostumbrado a esta miseria. No sé en qué me he convertido. Estoy muerto en vida, tan vació, tan insensible….Ahora, ¡no sé por qué!, este gatito está derritiendo mi armadura de hielo. Al mirarle, mis sentimientos cambian. Creo que es su mirada, sincera y cálida. O quizá su inocencia, buscando cariño en un mundo tan frío. Él está solo, como yo. Creo que es igual que yo, en el fondo , no soy ese hombre que los demás ven a diario.


El suave ronroneo que sale de esa pequeña boca me llena de alegría. Sus ojitos tan dulces se entrecierran una y otra vez y la lengua rosada me lame la mano sin parar mientras le acaricio con ternura, y mis dedos se pierden entre ese pelaje tan suave y abundante. ¡Me siento tan reconfortado al acariciarle!
Su frágil cuerpo está apoyado contra mi pecho, puedo sentir su respiración y el calor que emana de él. Me siento como un niño, un niño que haya cobijo en los brazos de su madre tras haberse perdido. Es curioso, a su lado me siento más frágil y débil que él. En realidad, no sé quién necesitaba más a quién.
Me gustaría permanecer así, abrazándole, para toda la eternidad.

Una suave y familiar melodía inunda de repente mis oídos: los pájaros han empezado a cantar. El sol brilla en lo alto, radiante. Una dulce brisa se levanta y me envuelve con su agradable frescor. Las hojas de los árboles se mecen y se agitan, contentas, como si celebrasen algo, aún bañadas por el rocío que las hace brillar ante los luminosos y alegres rayos del sol. Los árboles mismos, juraría, parecen estar a mayor altura, como si hubiesen crecido. Alzo mi vista para contemplarlos. El gatito también gira la cabeza hacia arriba.
Majestuosos, con orgullo, se elevan sobre todo el paisaje.

Amanece. Aún es pronto. Aún hay tiempo para hacer muchas cosas. El gatito maúlla entre mis brazos. Le miro. Me mira. Ya no estoy solo. Regresamos a casa.

Enrique Rull Suárez

(versión revisada del original de Julio de 2007)


domingo, 5 de diciembre de 2010

Fría Noche


Oigo tu voz trémula en mis sueños
En la última noche del verano
Susurros que me hablan del pasado
Y me traen tus sollozos y besos.

Me perdí en tus ojos abismales
Brillantes perlas de fuego y hielo
Besé tus labios, tomé tu cuerpo,
Sentí mil placeres celestiales.

¿Dónde estás en esta fría noche
Cuando la soledad cual cuchillo
Mi alma rasga, y la luna sin brillo
Sólo es una esperanza en el vacío?

Aún te busco en la niebla de mi vida,
laberinto de dolor y agonía
y sé que cuando mis labios besen
los tuyos, yo encontraré la salida.

Y el mundo no cesa de girar
Verano e invierno pasan sin parar
El paisaje cambia,
¡Y otra vez se vuelve igual!
Mas yo tu voz no dejo de escuchar…

Y llegaron más caricias,
Y besos que eran fríos
¡Y se fueron igual!
Y yo, perdido en tus ojos
En la noche
En la nada
¡Nunca te dejaré de buscar!


Enrique Rull

domingo, 7 de noviembre de 2010

Triste Sendero




Transito por un triste sendero
sobre hojas muertas
Y huellas de aquellos que se fueron,
Avanzo a tientas
Por un camino de frío hielo.

Soñé con los besos de un ángel
Mas mis sueños se rompieron
La luz que antaño era tan brillante
Solo queda de su recuerdo el anhelo.

Transito por un triste sendero
Solo, con mi corazón de fuego,
Las primaveras murieron
Hoy sólo queda el invierno.

Y oí llorar al sol y a la luna
y las estrellas tanta veces me dijeron:
“no te rindas compañero
Nosotras a otro mundo te guiaremos”

Vi sangrar el azul del cielo
Y besarse la noche y el alba
De su amor negado
Furtivo beso sincero,
¡y el rocío que en las hojas cantaba,
y la nieve que las cumbres abrazaba!

Transito por un triste sendero
No queda nada
Sólo un niño y su corazón de fuego
Y las lágrimas que cayeron
Por este triste y oscuro sendero.

Enrique Rull Suárez

domingo, 10 de octubre de 2010

La Historia de un Muñeco



El breve relato que me dispongo a narrarle, caro lector, está basado en hechos reales, y en otros hechos, que, aunque no sean reales, no dejan de ser verdad…

Se encontraba solo, en mitad de la noche, colocado sobre un cubo de basura. La triste y pálida luz de la luna caía espesa sobre él, iluminando a duras penas sus graciosos rasgos.
El ratoncito de goma miraba fijamente las tinieblas que le rodeaban, sin inmutarse.
Sobre el cubo de basura, su pequeña figura pasaba casi inadvertida para los escasos y distraídos transeúntes que caminaban por aquel oscuro callejón.
Se sentía muy triste ahora que había perdido a su mejor amigo, un niño de apenas tres años de edad, del que nunca se separaba. Recordaba cómo, accidentalmente, había caído del cochecito en el que iba sentado Jorge (pues así se llamaba su amigo) mientras su madre lo empujaba para ir a dar una vuelta. Había caído cuando el cochecito golpeó con un bache,  y ni la madre ni Jorge se dieron cuenta. Y permaneció llorando y gritando en mitad de la calle, hasta que una anciana señora lo recogió y lo dejó sobre un contenedor de basura, donde su pequeña figura era más visible. La afable señora, de bondadosos y arrugados rasgos, le dijo con una suave sonrisa: “espero que aquí arriba puedan verte, y te encuentre el niño al que perteneces, se pondrá muy feliz.” Y se marchó caminando lentamente, con una extraña expresión en el rostro que no era ni triste ni alegre, sino ambas cosas al mismo tiempo, y la mirada perdida en algún remoto y dulce pasado.
 La noche era cerrada. Una atmósfera de paz y extraña melancolía pesaba en el aire. Apenas el ruido, muy de vez en cuando, del motor de algún coche rompía el monótono y triste silencio. A veces era el eco de los pasos de alguien, que apresuradamente, cruzaba la calle sin mirar a ningún sitio. Pero nada más. El ratoncito se encontraba muy solo, esperando ver a Jorge de nuevo. Adoraba jugar con él. Y más adoraba sus abrazos. Incluso ahora echaba de menos sus mordiscos, que el niño le propinaba en ocasiones en el borde de sus grandes orejas negras, ¡aunque en verdad que últimamente ya comenzaban a hacerle daño! Pero sabía que no había maldad, que Jorge le quería de verdad. Y de la misma forma el niño sabía que el ratoncito le quería muchísimo ¡Ah, pero nadie era capaz de ver el alma de un ratoncito de juguete, nadie excepto un niño!
Y allí se encontraba, solo en la noche, maldiciendo su suerte, esperando ver de nuevo a su único amigo. Porque eran amigos, y los amigos no se separan por nada. El ratoncito sabía lo que era la amistad, desde que abandonó aquella tienda de juguetes donde sólo era uno más entre muchos ratones iguales; y aquel pequeño niño le hizo sentir distinto, especial, le dio cariño y amor. Y prometieron estar siempre juntos, y Jorge no iba a ningún sitio sin su ratoncito de juguete. Lo llevaba entre sus pequeños bracitos con torpeza y, algunas veces, ya que el niño era muy descuidado, lo había dejado olvidado mientas jugaban; pero siempre, en cuanto se daba cuenta, volvía corriendo a buscarle. Un día incluso, en el que el ratoncito pasó mucho miedo, llegó a dejarlo olvidado en un parque. Sus padres le dijeron que le comprarían otro igual, pero Jorge se negó, y lloró y lloró. Su madre, al fin, decidió volver al parque para tratar de encontrarlo; y lo encontró tirado junto a un banco, y lo llevó a casa., ¡Y cómo brillo la sonrisa de Jorge, con qué luz tan espléndida y radiante, al ver a su amigo el ratoncito en los brazos de su madre! Y cuando el ratoncito vio a Jorge, se percató de que lloraba a mares por él ¡Y cuán feliz se sintió el pobre muñeco de goma al ver cómo su amigo en verdad lo extrañaba y lo quería! Cesó el llanto, y una alegría inmensa de apoderó del hogar por completo.

Pasaban las horas, pero ni Jorge ni su madre aparecían. Pasaron unos jóvenes que, entre estridentes risotadas, bebían y decían bromas y tonterías varias, agitándose y golpeándose los unos a los otros. Les llamó pero no le escucharon.
Pasaron señoras y señores ya de respetable edad, muy bien vestidos y elegantemente arreglados, con trajes caros y de gala; fumaban y hablaban, y de vez en cuando alguno soltaba una carcajada a mayor volumen que el resto, mientras los demás en seguida le acompañaba y  aplaudían.  Les llamó pero no le escucharon.
Y pasó un señor mayor con el ceño fruncido que, con visible hastío de la vida,  paseaba a su pequeño perro. Le llamó, tampoco le escuchó. Y no volvió a pasar nadie más.
“Triste de mí, yo que sólo deseo dar cariño y amistad, todos me ignoran. Nadie me ve, tan sólo una anciana señora, cuyos recuerdos vuelven al amor verdadero, y un pequeño niño, que los hombres tienen por un ser sin educar, sin formar y sin sabiduría, y tanto se afanan en que aprenda, cuando me temo que debería ser al revés. Amigo mío, allá donde estés, sé que piensas en mi, y que mi ausencia no te deja conciliar el sueño, pues sin abrazarme no podías dormir; amigo mío, debes saber que siempre estaré junto a ti, pase lo que pase, pues yo existo gracias a tu noble e inocente corazón, y nada más. Y cuando crezcas, no seas como todas estas personas que veo pasar por la vida, pues todas ellas cerraron los ojos del corazón.   ”

El horizonte comenzaba ya a dibujar una línea de fuego que, poco a poco, se iba haciendo más grande e intensa, y el día comenzaba a brillar con su tenue luz. El sol, envuelto en su manto rojo, iba despertando de su sueño y, majestuoso, se alzaba hacia lo alto del cielo. La claridad matinal y la brisa fría y seca ya habían empezado a caer sobre el callejón. El ambiente estaba lleno de misterioso silencio y de la extraña paz que reina en la mañana, cuando aún la ciudad se está despertando perezosa, y todo permanece quieto y en calma.
Pero allí, sobre el contenedor de basura, lloraba el muñequito de goma. Veía cómo poco a poco, la luz retornaba, cómo el cielo cambiaba sus colores, y ya escuchaba el tempranero canto de algún pajarillo. La luz, un nuevo día, una nueva esperanza…
De repente, un hombre metido en un traje verde lo levantó con brusquedad, abrió el contenedor, y lo arrojó dentro.
Volvió la oscuridad más absoluta, esta vez para quedarse para siempre.


Enrique Rull Suárez

domingo, 12 de septiembre de 2010

La Estrella y el Mar


Tú eres la estrella
Y yo soy el mar
En la noche tan bella
Nos miramos sin hablar.

Tu brillo no cesa
Tu luz celestial
Palpitando en mi alma
¡Brilla, brilla sin cesar!

Caricia es la brisa
Levanta tempestad,
Al mirar tus ojos
Y tu sonrisa contemplar.

Ondas mis besos
Desaparecen en la mar
A ti nunca llegan
¡Tan lejos, tan lejos estás!

Furia de la tormenta
Mi amor te hará llegar,
Es tu luz el camino
El puente hacia la felicidad.

Si miras a mis ojos
Tu luz reflejada verás
Te guardo tan adentro
En lo profundo del mar.

Mis olas la esperanza
Una muere, otra nace ya
Van y vienen intentando abrazarte
Mas en vano…¡Tan lejos estás!

A la luz de la luna
Te canto sin parar
Notas de amor
¡El lamento de la mar!

Eres mi estrella
Y yo soy el mar
Sé que algún día
Este océano iluminarás
Sé que algún día
Tu piel en mis aguas bañarás
Y ese día este mar brillará
Brillará más que cualquier estrella
Y con tu amor nunca se apagará.

Y mientras cada noche
Nos miramos sin hablar
Amantes en la noche
Suspirando por amar
…Y tú mi estrella
¡Tan lejos, tan lejos estás!

Con cariño para Sarah Queiroz
Enrique Rull Suárez

domingo, 22 de agosto de 2010

Amor y Sangre

Derrumbándose en la noche las estrellas desde el cielo, sentí un abismo bajo mis pies, el frío del sepulcro, el canto de las hienas, el aroma de la muerte sobre mi lecho. Desperté luego de varias horas de sufrimiento en las que pensé que la muerte no era lo más horrible que me podía ocurrir. Desperté digo, aunque a decir verdad no me hubiera atrevido a jurarlo.

Mareado y cansado, mis piernas flaqueaban a cada paso. Sentía resbalar sobre mi rostro pequeñas gotas de sudor frío.

Me asomé a la ventana. No había nada. El aliento de la muerte embriagaba mis sentidos. Volví a tumbarme. Mi cabeza ardía como un horno, las venas hinchadas palpitaban en mis sienes a una velocidad asombrosa. Volví a hundirme en ese abismo. El cielo oscuro se abría ante mí y me engullía, las estrellas danzaban burlonamente en círculos, rodeándome y susurrando horrores indescriptibles con chirriantes voces.

Varios días sin comer y creo que sin apenas dormir. No distinguía el día de la noche. Todo era lo mismo.

Me dirigí por enésima vez a su cuarto. El fino olor de la madera nueva se mezclaba con la suave fragancia de las rosas frescas. Su cama vacía. No estaba allí. Nunca regresaría.

Algo me desgarraba por dentro con una furia animal, primitiva. Me resultaba casi imposible respirar, cada vez más difícil, como si me robasen el aire.

Salí a la calle. Arrastraba mi cuerpo entre serpenteantes caminos de gris asfalto, sucio y gastado. No sabía si era de día o de noche, no era capaz de distinguir…para mí sólo quedaba un inmenso vacío, un abismo infinito de terror, miedo y tristeza.

Regresé con otro ramo de rosas rojas como la sangre en mis manos, subí a su habitación, y lo dejé con sumo cuidado sobre la mesilla. Aproveché para retirar de un jarrón unas cuantas rosas que empezaban a marchitarse. Miré de nuevo a su cama. Vacía. Rompí a llorar sin encontrar consuelo.

Las sombras se deslizaban por el pasillo como formas humanas y sentía cómo me acechaban en la oscuridad. Me repetían lo mismo que mis amigos unos días atrás: “Debes olvidarla y seguir tu vida” “Debes ser fuerte y continuar” “En esta vida hay más oportunidades” – sus voces aumentaban de volumen, cada vez más, y resonaban en mi mente como un eco, cada vez más y me hacían daño, sentía mi cabeza a punto de estallar. Me volví gritando, y golpeé la pared del pasillo con todas mis fuerzas, con inusitada violencia, hasta que mis nudillos empezaron a sangrar.

Nunca entenderían. El infierno ha venido a buscarme y a acogerme en su seno. Ella fue el ángel que me sostuvo, ahora he caído en las llamas del terror, “en esta fiebre llamada vida”.

La primera vez que volví a verla de nuevo, llevaba el mismo vestido que cuando nos conocimos. Sonreía y me hablaba. Sus palabras eran dulces pétalos que acariciaban mi corazón y curaban las mortales heridas de mi ser. Pensé que era otro truco de esta vida que ahora discurría como una función de teatro totalmente ajena a mí, sólo dejándome participar en ocasiones para reírse de mi desdicha y hacerme ver lo superflua, vacía e insignificante que es la existencia humana. Pensé que era otra broma de mal gusto, destinada a terminar de enloquecer mi torturada mente.

Tocó mi mano. Sentí su tacto, tan suave, cálido, y sin embargo sentí frío; me vi por un instante sumergido en un manantial de ternura que ya no recordaba que existiera. Cerré mis dedos en torno a su mano, aferrándome con desesperación como si mi vida me fuera en ello. Tiró de mí y de pronto nos encontrábamos caminando por un sendero estrecho de césped joven y fresco, bajo la luz de un sol que proyectaba rayos de luz iridiscente que nos envolvía a ambos en una atmósfera casi celestial. No me planteé si soñaba o no. Todo era más real que la pesadilla llamada vida que dejaba atrás poco a poco. Cada paso que dábamos, más lejos me sentía de aquel mundo de terror y oscuridad.

Pronto estábamos ante una verde colina sobre las que se alzaba un castillo con torres de resplandeciente mármol. Las puertas eran de bronce con grabados de una belleza sin par, pese a sus extravagantes formas y disposición, lograban atraer mis sentidos de una manera única. Se abrieron con solemnidad y cruzamos el umbral.

Todo desapareció.

Miré a un lado y a otro. Oscuridad. Nada. Corrí a su habitación. Las rosas, la cama vacía. Mareado perdí el equilibrio y caí al suelo. Sentía mi cuerpo como un trapo, sin fuerza, no podía ponerme en pie. El abismo me tragó. Oí los gritos de los muertos, un torbellino de voces que desde la razón me imploraban que la olvidase. Oscuras formas me apretaban los brazos y yo luchaba por liberarme de su repugnante tacto. Me golpeaban y zarandeaban con locura, me decían cosas ininteligibles, y yo luchaba sin fuerzas para que me soltaran sus insolentes garras. Me negaba a ir con ellos con toda mi voluntad, sabía que me querían mantener prisionero en su maldito mundo de horror. Caí hacia el fondo dando vueltas, deseando gritar, deseando salir, huir; implorando la clemencia y misericordia de los dioses para que me arrancasen la vida de una maldita vez.

Abrí los ojos y solo había oscuridad. Mis músculos no respondían.

Volvía a verla. Sus labios se acercaron hasta encontrarse con los míos. Aliento de vida fue aquel beso, no sé si ya en la vida o en las mismas puertas de la muerte. Sentí elevarme como una pluma al son de una agradable brisa que otorgó nuevos bríos a mis miembros entumecidos, y dio alas a mi alma hecha pedazos.

Dentro del castillo había velas encendidas sobre candelabros de oro, que iluminaban con luces mortecinas las grandes estancias, llenas de pompa y de lujo. Las ventanas estaban cubiertas por enormes cortinajes de terciopelo de color escarlata, el techo abovedado estaba pintado con frescos de singular belleza y escenas que me hacían recordar el arte renacentista.

Giré mi cabeza hacia ella y percibí en su sonrisa una tristeza velada por la alegría del momento. En sus bellos ojos como perlas resplandecientes, unas gotas de enorme melancolía no dejaban de brillar. Me miraba fijamente. Tan frágil, cubierta por una extraña palidez enfermiza, sin embargo, nunca la había visto tan bella, tan pura; nunca había percibido esa aura que enamoraba mis sentidos y me cautivaba de tal manera que el tiempo parecía detenerse y mi corazón latía con la fuerza del trueno.

Fui a hablar, a pronunciar una palabra, mas ella hizo ademán de que permaneciera en silencio. Obedecí. Sus labios se aproximaron a mí cuerpo. Vi lágrimas desprenderse de sus ojos. Me besó, en los labios, en el cuello, tan dulce éxtasis de placer y de amor que pensé que iba a morir. Sus manos me acariciaron suavemente. Su cuerpo lánguido se oprimió con fuerza contra el mío.

Y de nuevo todo se fue. Oscuridad. Corrí como poseído por el demonio hacia su cuarto. Las rosas estaban marchitas. La cama vacía. No había nada.

En mi boca aún sentía el sabor tan delicioso de sus labios… Sangre. Había sangre en mi cuello. Me encontraba tan débil que apenas me había dado cuenta. El abismo se abrió otra vez. Sentía mi alma hundirse en el infierno. Todo daba vueltas, los recuerdos se mezclaban en una vorágine de imágenes terribles, de locura, donde formas que de humano no tenían nada, me arrastraban entre aullidos infernales, y una dama de indescriptible belleza me susurraba algo que no entendía. No sentía el suelo bajo mis pies. Mi cuerpo estaba flotando en un mar de oscuridad, en mitad de la nada, acosado por abominaciones sin nombre y espectros que tiraban de mí con fuerza hacia un lugar desconocido.

Abrí los ojos. Me encontraba tumbado en la cama, y percibí a mi lado una figura. Todo se fue aclarando poco a poco. Era un hombre de elevada edad, con bigote y gafas. Me sonrió. Se presentó amablemente, me dijo que era médico. Me dijo que ya me encontraba mejor. Que extrañamente los últimos días había perdido mucha sangre, y padecía una extraña fiebre, que me hacía tiritar, delirar y decir cosas incoherentes. Me dijo que la muerte de mi esposa me había afectado demasiado y que debía guardar reposo y serenarme, y no moverme ni realizar esfuerzos. En un rato, llegaría una enfermera para cuidar de mí. Así, se marchó, saludándome atentamente y con amabilidad.

No moví un solo músculo de mi cara. En cuanto me quedé a solas, me incorporé con gran esfuerzo, y me dirigí a su habitación. Las flores marchitas, la cama vacía. Pensé que me iba a marear, aún seguía muy débil, mas logré reunir fuerzas para salir a la calle.

Cuando regresé, deposité las rosas rojas en su cuarto, en la mesilla, y retiré las marchitas. Miré a su cama. Allí estaba ella, sentada, esperándome.

Sus ojos eran charcos de lágrimas, su mirada tan triste y lóbrega parecía implorar un perdón. Por sus labios aún quedaban gotas de roja sangre. Me dijo que me fuera, me lo pidió por su vida y por su alma. Me rogó de rodillas que me alejara. Y no le hice caso. Me arrastré hasta ella y la abracé y la besé con toda la pasión del amor, y dejé con gusto que bebiese mi sangre. Así, juntos, cruzamos el umbral de la muerte, y logré dejar atrás esa fiebre llamada vida.



Enrique Rull Suárez



domingo, 25 de julio de 2010

SIN TU CARIÑO




Es del sol el calor tan frío

La luz se consume en un llanto,

En un suspiro,

La brisa ahora corta cual cuchillo

Su susurro es solo un canto,

Un alarido,

Resonando como un eco en el vacío.


A tu recuerdo me abrazo

Para poder seguir mi camino

Hay dolor en cada paso,

Tan oscuro atisbo mi destino…


En la memoria el néctar de tus labios

Tu suave piel mis heridas curando

Tus palabras bañadas por los encantos

De una ilusión que se rompió en mil pedazos.


¡Es del sol el calor tan frío,

Es tan tenue luz sin brillo!

Sin tu cariño

Es imposible encontrar sentido

En este mundo tan oscuro y vacío.


Allí te esperaré,

Más allá de las nieblas del olvido

Donde los ángeles funden su destino

Y la nieve es un cálido manto divino,

Y los besos son tan puros como el rocío;

Allí te esperaré,

Dónde el sol ilumina mi camino

Que es un sendero labrado con tu cariño

Y tu amor es el aire que yo respiro

¡Mi única esperanza de poder seguir vivo!


Enrique Rull Suárez

domingo, 25 de abril de 2010

Soy Yo...


Si al cerrar los ojos

En la fría noche estrellada

Sientes como si una mano acariciara

Dulcemente tu mejilla sonrosada

Y cual bandido un beso

De tus rojos labios te robaran,

Soy yo que te sueño

Y es tan grande mi deseo

Que mi alma ignora el espacio y el tiempo

Y libre vuela en esa noche estrellada

Y te encuentra y te abraza y te ama,

Aunque tú sólo sientas el susurro del viento,

¡Soy yo que te sueño!


Si cuando miras al vacío

Oyes débil en la noche un ruido

No es la brisa en la ventana

Ni de ningún animal el sonido

Soy yo que tu nombre grito,

Y mi amor la palabra hechiza

y cual mariposa vuela a toda prisa

y se posa en tus oídos

y susurra tu nombre con cariño,

suavemente un suspiro…

Aunque solo oigas un leve ruido

¡Soy yo que tu nombre grito!


Es el amor del infierno las llamas

Y del cielo el más bello ángel con alas,

Es tan fútil el calor de una noche,

Y eternas de un corazón las lágrimas…


Nunca fuiste mía

Quizás nunca te debí conocer

Mas nunca podré olvidarte

Nunca, nunca te olvidaré.


Enrique Rull Suárez

domingo, 11 de abril de 2010

Una Tragedia En La Nieve (Cuento)


Nevaba. Sí, era nieve, tan blanca y pura como la había imaginado. Carlos se acercó y pegó la cara contra la ventana, tanto que su nariz quedó cómicamente aplastada contra el cristal. Ante sus ojos se extendía la naturaleza teñida de blanco. Los copos que caían suavemente y de manera delicada, sin detenerse nunca, revestían el familiar paisaje de una nueva blancura infinita y deslumbrante. El jardín parecía haber renacido bajo un agradable y elegante manto de hielo: las ramas de los árboles, los arbustos, el césped, los coches y la carretera,  todo cubierto por aquella blancura caída del cielo.  Era la primera vez que Carlos veía nevar, y realmente era tan maravilloso como siempre había imaginado.
Apoyó las palmas de sus manos contra el cristal helado, como si quisiera empujarlo y escapar: deseaba salir ahí fuera a jugar entre toda aquella magia invernal, tocarla con sus dedos, pisarla y sentir bajos sus pies el tacto de esa alfombra blanca, y atrapar con sus manos esos livianos copos que parecían descender de un cuento de hadas... Era como un sueño. ¡Tenía tantas ganas de salir afuera! Su mirada permaneció unos instantes fija, como perdida, observando la trayectoria de los diminutos fragmentos de hielo y cómo éstos cambiaban de dirección a capricho del viento. Eran muy similares a los recortes de papel con los que había jugado en algunas ocasiones, y que esparcía al aire en su casa para simular la nieve en sus tardes de pasados inviernos. Esta vez era nieve, ¡nieve de verdad!
Sus padres no le dejaban salir a fuera.  Además, él no debía molestar, pues hoy recibían una importante visita. Así se lo habían repetido varias veces los mayores.
Resignado, sopló contra el cristal de la ventana y lo llenó de vaho. Acto seguido, despegó la nariz, se alejó unos centímetros, y, en la humedad formada, empezó a garabatear con su dedo unas líneas, que bien pudieran haber sido una figura humana, tal vez una mujer. Luego giró su mirada con hastío hacia el cuarto de estar, dónde sus padres conversaban con aquel invitado, sentados en una mesa, con bebidas y cigarros.
No le hacían ningún caso. Se sentía terriblemente solo. Y sin saber bien por qué, se echo a llorar. Corrió a su cuartito y abrazó su pequeño oso de peluche contra sí, su única compañía y su más fiel amigo de juegos, y se acurrucó en un rincón junto a su cama. Allí permaneció un rato, sollozando y temblando, y apretando su osito con fuerza.
Después de un rato de llanto, su cabeza comenzaba a dolerle, y sus ojos ya irritados y enrojecidos le picaban mucho, así que los frotó con sus pequeños puños y decidió que era mejor dejar de llorar. De nada servía. El mundo le parecía un lugar demasiado grande y extraño, y estaba solo, y él no quería estar solo. Se sentía muy triste. Recordó que hace tiempo sus padres jugaban más con él, le prestaban más atención, pero últimamente todo había cambiado. Recordó la nieve, y eso le hizo sonreír. ¡Con qué facilidad aparece la sonrisa en el rostro de un niño aún cuando sus lágrimas no se han secado del todo!

Corrió y se asomó al cuarto de estar, con esperanzas de que el invitado se hubiera marchado, y así pedir a sus padres que le sacasen a disfrutar de la nieve. Mas la escena no había cambiado. Los mayores hablaban, gritaban y reían a carcajadas que resultaban estridentes y desagradables. El humo del tabaco impregnaba la habitación y el olor llegaba a todas partes. Corrió, desesperado,  hacia su madre e intentó hacerle señas para que le hiciese caso. Apretó su mano y tiró de ella para que le acompañase a jugar con la nieve. Su madre frunció el ceño, un gesto que Carlos conocía de otras ocasiones y que no presagiaba nada bueno. Carlos intentó protestar, pero su madre, de mal humor le indicó que se callara y no molestase.

“Negocios” le había dicho ella por la mañana. Aquel día era muy importante para sus padres, y aquel señor extraño era muy importante. “Negocios”, ¿qué significaría eso? Carlos imaginaba algo, pero no sabía qué exactamente. Algo aburrido, tremendamente aburrido y de mayores, donde se hablaba mucho y donde no entendía nada. Y además daba igual ¡fuera había nieve! Pero a nadie parecía importarle. No, hoy ni siquiera él mismo parecía importar a nadie. Últimamente siempre era así. Se sintió de nuevo muy triste, y se alejó despacio, descorazonado, apretando con más fuerza su osito.

Y lo peor es que al día siguiente le esperaba la guardería. La odiaba. Olía mal. La gente mayor no le trataba bien, y sus compañeros, menos aún. Siempre lloraba mucho antes de ir, y su madre le regañaba. Y a veces se ponía tan nervioso que hasta vomitaba. Y al pensar esto, recordó la asquerosa comida que le obligaban a comer allí…le dolía la tripa sólo de pensarlo. Siempre se quedaba el último en el comedor, las luces ya apagadas, y los gritos y amenazas de una vieja de feo rostro y gafas en la punta de la nariz, para que terminase sus platos. Podía oír su cascada voz como si la tuviese delante.
Sus compañeros se reían frecuentemente de él. Pálido, débil, lloraba mucho y hablaba poco. Era muy tímido. Y todo le daba miedo. Sólo había una profesora a la que tenía mucho cariño: una joven de largos, preciosos y brillantes cabellos oscuros, con unos ojos castaños luminosos y grandes, y una sonrisa tan bonita y dulce que hacía que Carlos se sentiera reconfortado e hipnotizado al mismo tiempo. Su sonrisa hacía de él el niño más feliz del mundo. Era lo único bueno de la guardería, sin duda.
Ella sí hacia caso a Carlos. Le levantaba del suelo y le estrechaba entre sus cálidos brazos y le hablaba con dulzura, y sus caricias eran suaves y le tranquilizaban. Le gustaba que le acariciase la cabeza, pues le transmitía una agradable sensación de paz. Entre sus brazos, la guardería, el mundo, era un lugar bien distinto y se preguntaba por qué no podía ser así siempre. Ella era un ángel, no había duda. Carlos siempre que la veía, salía corriendo y se abrazaba con fuerza a sus piernas; aunque a decir verdad, le daba mucha vergüenza porque era muy bonita, y más de una vez, cuando ella le miraba, a sus pequeñas mejillas blancas asomaba un tono colorado. Con ella nunca se sentía solo, le hablaba mucho y le hacía muchas preguntas, aunque Carlos rara vez respondiese a alguna. Ella nunca se burlaba de él porque llorase, ni le regañaba ¡Nunca! Siempre le ayudaba y le mostraba esa sonrisa brillante y divina que aceleraba su corazón. Sí, ella era un ángel.
Ahora recordaba. Fue su profesora quién le contó aquella bonita historia sobre la Reina de la nieves… ¡Oh! Seguro que la dama estaba ahí afuera ahora mismo ¡Tenía que estar, pues la Reina se mostraba solo entre la nieve! Y él quería verla, ¡deseaba tanto verla! ¡Y luego se lo contaría a su profesora, seguro que se quedaría muy sorprendida e impresionada! Volvería como un héroe a la guardería, y sus compañeros ya no se reirían de él. Y su profesora le alzaría en sus brazos y quizás le besase…y sonreiría orgullosa para él, con esa luz radiante que inundaba de dicha el alma del pequeño… 

Ahí seguían sus padres, discutiendo con el extraño invitado. Ruido, humo, y las voces que se elevaban por la casa, y a Carlos no le gustaba nada de aquello. Daba igual, él iba a salir a buscar a la Reina de las nieves. Y la encontraría. Luego le iban a regañar, lo sabía bien, pero pensó que si antes encontraba a la Reina, no podrían regañarle mucho, ni castigarle. Y además imaginó lo feliz que se sentiría su profesora si le contaba que él   había visto a aquella misteriosa dama.
Despacio, para que no le oyesen, se dirigió hacia la puerta de salida, llevando a su osito consigo. Con esfuerzo, giró el picaporte, y tiró, logrando abrir la puerta. Rápidamente cruzó el umbral y cerró tras de sí, aunque no pudo evitar el ruidoso portazo debido a una fuerte ráfaga de viento, que soplaba con violencia. Esperó, temblando y asustado, que sus padres no lo hubiesen oído. Nada. Ningún pasó se oía. Nadie venía. Bien. Lo había logrado, estaba fuera.
¡Hacía mucho frío! El viento formaba remolinos que le impedían avanzar y le desequilibraban. Pisó la nieve y sus pequeños pies se hundieron lentamente. ¡Qué sensación más extraña y placentera! Se agachó con una sonrisa y tomó aquella sustancia blanca y gélida entre sus manos. Pesaba muy poco, era muy ligera. La arrojó riendo con fuerza hacia adelante, pero el viento se la devolvió y le dio en la cara. Comenzaba a sentir mucho frío. Avanzó más, paso a paso, contra el viento que amenazaba con derribarlo en todo momento. Resultaba divertido, ¡debía luchar o saldría volando por los aires!  No veía muy bien alrededor suyo, pues la vorágine de pequeños copos blancos que bailaban para acá y para allá le impedían discernir el entorno con nitidez. La Reina de las nieves no podía estar lejos.
Avanzó más y más entre la tormenta de nieve, despacio, pero sin detenerse. No reconocía dónde estaba, era todo igual, blanco en todas partes. Tenía cada vez más frío. Recordó las ropas tan incómodas con la que su madre le vestía siempre antes de salir a la calle en invierno. En realidad le agobiaban mucho, le producían incómodos picores en todo el cuerpo, y con ellas apenas podía moverse. Y lo peor era el gorro que le apretaba la cabeza y casi le tapaba los ojos: pero no sentía frío con todo aquello. Ahora lo echaba de menos. Sus pequeños dedos, su nariz y sus orejas ya le empezaban a doler. Sentía sus miembros entumecidos, sus pies perdían movilidad y sus pequeños dedos parecían estar agarrotados. Aquello ya no era divertido, no era como lo había imaginado. A su alrededor se extendía un desierto de color blanco, y la ventisca, lejos de amainar,  parecía cobrar nuevos bríos por momentos. No distinguía nada y no sabía dónde se encontraba. El viento silbaba con fuerza en sus oídos, un susurro desgarrado y seco que le llenaba de miedo. El aire que entraba por su nariz al respirar era tan helado que le dolía la nariz por dentro. No obstante intentó consolarse, sabía que la Reina de las nieves estaba por ahí, y que le recogería y le llevaría a casa. Y luego se lo contaría orgullosamente a su profesora.
Caminó un buen rato a duras penas sobre la nieve, haciendo un esfuerzo enorme por mantenerse en pie y avanzar entre aquella terrible ventisca.  Imaginó la bella sonrisa de su profesora cuando le dijese que él había visto a la dama de rubios cabellos. Sus pies se hundían a cada paso más y más entre la nieve. Nadie podría castigarle si la encontraba. Sus manos apenas las podía mover ya, el dolor comenzaba a hacerse insoportable. Recordó a sus padres, con aquel extraño, bebiendo, fumando, sin hacerle ningún caso. No podía retroceder, ya estaba cerca. Su cara le dolía, los labios le temblaban ateridos de frío; la nieve parecía atacarle cual enjambre vestido de blanco, y golpearlo como mil alfileres que se le clavasen en el cuerpo. Pensó en su profesora, le reconfortaba su sonrisa, ella le abrazaría entre sus cálidos brazos y le hablaría dulcemente. Tosió, se cayó al suelo y empezó a llorar. No aguantaba más. Llamó a su madre. Gritó con fuerza, con toda la fuerza que le permitían sus pequeños pulmones, pero el viento parecía llevarse su voz y hacerla desaparecer entre la nieve. Su cuerpo entero tiritaba. Se acurrucó en el suelo blanco, juntando sus brazos y piernas. Su profesora… Todo se volvía borroso. Cerró los ojos. La cabeza le dolía mucho y apenas sentía ya sus miembros, que parecían haberse quedado dormidos. Sí, su profesora estaría orgullosa de él…su sonrisa…Todo se volvió blanco.

A la mañana siguiente, encontraron el cuerpo sin vida del pequeño Carlos, sepultado bajo la nieve, totalmente helado. Entre sus brazos aún apretaba con fuerza su osito de peluche, su único amigo y fiel compañero de juegos.


A la memoria de Richard Middleton (1882-1911) con humildad, admiración y respeto.

Enrique Rull Suárez


domingo, 14 de marzo de 2010

En tus ojos


Si en la noche más oscura

Tus ojos me miraran

Si tus labios con dulzura

Palabras de amor susurraran,

En una noche eterna viviría

Por tu cariño el sol cambiaría,

Y las estrellas y la luna y su brillo

Pálidas luces sin sentido,

Las cambiaría todas por tu cariño.


Si tus ojos me miraran

El cielo en mi pecho tendría

Y el mundo ya no giraría;

Si tus labios me besaran,

De este infierno escaparía.


Es la ilusión la primavera

La realidad vuelve en otoño

Hoy las hojas bailan y ríen

Danzan alegres en mil colores

Mañana, grises caerán muertas

Y la tristeza asomará a los corazones.

Y de nuevo el sol brillará,

Y de nuevo el otoño volverá…


Es mi vida tan oscura

Una noche tan cerrada

No conoce la ternura

Mi alma desencantada,

Y aún así brilla el amor

Una llama en tu mirada

Como la primavera trae el calor

Tú me traes el aire que me falta,

Mi luz en la noche

Mi última esperanza.


Enrique Rull Suárez.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Secas y Muertas

Secas y muertas

Las flores en mi mano,

De rodillas llorando

Sangraba mi corazón,

Secas y muertas

Mi vida estaba en ellas

Mis sueños y anhelos

El dolor de mi corazón.


Recogí una mañana

Iluminada por el sol

Las flores para una dama,

Recogí con ilusión

Y con cariño las llevaba

Con inocencia y con amor,

Y silbaba con dulzura

Una alegre canción.


Más que andar volaba

Alas juraría tener yo

En aquel día que buscaba

A la dueña de mi corazón.


Tristes cenizas

Ahora aquellas flores son

Mi alma yace implorando

Con la muerte la liberación,

Secas y muertas,

¡Como ellas quiero estar yo!


Sombra sin vida

En un mundo sin esperanza

En un mundo sin pasión

Rotas las ilusiones

Muerto ya el amor

Solo queda esperar

Esperar a la muerte

Esperar mi liberación.



Enrique Rull

domingo, 20 de diciembre de 2009

Recuerdo Aquellos Días



Recuerdo aquellos días
De un niño la sonrisa,
El sol resplandecía
Entre la fresca brisa...
El jardín un valle era,
Una rama su fiel espada,
Mariposas, lindas hadas
Que entre susurros danzaban.
Y en cada árbol escuchaba
El murmullo de voces encantadas.
El tiempo no existía,
Un sueño era la vida;
¡Y por un charco navegaba
El niño junto a su amada!
Y su corcel un columpio
De hierro oxidado,
¡Cabalga contra el viento
Su fiel espada en mano!
¡Y mil enemigos
que caen arrodillados!
Y la vida es agitada
Para un caballero y su dama,
Ya acaba una aventura
¡Ya la siguiente aguarda!

Y la voz de su madre
Le despierta de sus sueños
Y corriendo alegremente
Se refugia entre sus brazos cálidos
y sus tiernos besos;
Y ella suavemente
Acaricia la maraña de sus cabellos,
Sucios y despeinados
de tantas hazañas ,batallas y sueños;
y limpia con un pañuelo
de polvo su rostro lleno,
y con sus brazos dulcemente
le alza desde el suelo
Y con cariño le pregunta:
“¿cómo está mi caballero?”

Recuerdo aquellos días
Entre la bruma del tiempo
Por un charco navegaba
un héroe junto a su amada,
y en las velas de su barco
la ilusión con fuerza soplaba.


Enrique Rull Suárez




sábado, 21 de noviembre de 2009

Selección de música y videos

Secret Sphere - The Mistery Of Love:



The Dogma - Christine (thanks for this great video to Carol Guertin):



Sentenced - You Are The One:



Avalanch - Vientos del Sur:



Iced Earth - Dracula:



Ashram - Lullaby:



Fair Warning - Save Me:



Entwine - Closer (My Love):



Virgin Steele - A Cry in The Night:



Kamelot - Don´t You Cry:



Zenobia - Ante Tus Ojos: