martes, 16 de octubre de 2018

Esbozo de un Gran Hombre


La mirada estaba fija en el horizonte, que se perdía entre tonalidades grises y rojizas allí donde mar y tierra se daban la mano.
Sin embargo, él no miraba el bello espectáculo del crepúsculo que caía sobre las aguas. Tampoco miraba las nubes grises que lentamente ocultaban el azul del cielo. Ni si quiera contemplaba la tranquila calma del inmenso mar.
Su mirada estaba perdida. Sus ojos se proyectaban hacia algo lejano, algo que parecía inalcanzable e inescrutable para cualquier otra persona. Sentado sobre la
arena, parecía una estatua que formara parte del paisaje.
No es posible describir los pensamientos de un hombre cuando es el corazón quien los guía, quien toma las riendas de la persona y le lleva donde le place, en un viaje tan amargo aveces, pero no exento de cierta dulzura que sólo la soledad y la melancolía pueden inspirar. A veces los pensamientos son demasiado profundos, insondables y sagrados.
El aleteo de una gaviota le sacó de su ensimismamiento. Respiró la brisa del mar y por un instante sintió que la vida llenaba sus pulmones. Sentado sobre la tierra mojada, las olas se iban alejando poco a poco; parecían perder fuerza y replegarse lentamente como un ejército vencido.
El mar posee la capacidad de hechizar a aquellas personas sensibles, haciendo que si son felices, aumente aún más su felicidad al contemplar la titánica y majestuosa belleza del gigante azul. Pero ¡Ay! Si en su alma mora la tristeza, este sentimiento puede verse agravado.
Caía ya la noche. No se había percatado del tiempo. Poco a poco, las sombras acudían desde su reino a devorar la luz, a regresar el mundo a las tinieblas. Se había levantado más viento, un viento frío y lacerante que llegaba del norte. Miró hacia arriba para ver las inmensas masas de nubes negras desplazarse a cámara lenta pero con decisión. ¿Hacia dónde? ¿Quién sabe?
El hombre se puso de pie. Su mirada era triste. Una leve arruga cruzaba su frente, y sus labios estaban ligeramente apretados en una mueca indescifrable. Su figura solitaria se recortaba ahora contra la oscuridad del horizonte. El olor del mar, la espuma de las olas, el frío…todo era como un sueño, una extraña irrealidad en la que se encontraba sin saber por qué. Mas sus pensamientos…aquellos rostros, aquellas palabras pronunciadas, aquellos momentos que ya no volverían, se clavaban en su corazón como una daga sin dejarle respirar. Qué lejano estaba ahora todo, pero el eco no cesaba. El tiempo atenúa las emociones, pero el corazón se encarga de avivarlas. Un hombre sensible sabe que el tiempo no tiene suficiente fuerza cuando se enfrenta a su corazón.
Al fin, dio la espalda al mar y comenzó a caminar. La oscuridad, la humedad del ambiente, la misma soledad, no se le hacían incómodas, ni si quiera llegaba a sentir el intenso frío que había acudido a la llamada de las tinieblas. La luna luchaba por brillar entre las negras nubes, y poco a poco, pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer. No había nadie. Su silueta se fue alejando, perdiéndose entre las sombras.
¿Quién era? Era un hombre. Era un hombre que había perdido la fe en los hombres. Un hombre en un mundo más frío que el viento del norte que soplaba. Un hombre cuyo corazón era tan profundo como el mar al que miraba. No es necesario saber más. ¿Quién soy yo para atreverme a atisbar sus penas, sus íntimos pensamientos, tales secretos sagrados que esas personas guardan con celo en su corazón?
Es algo tan sagrado como los misterios de ese mar bajo el oscuro cielo; tan sagrado como aquella luna que, entre negras nubes, luchaba por seguir brillando.
Dedicado a Antonio Pazos.
Sir Percy.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Sueños desde el País de las Hadas




Veloz llega el otoño,
Como un leve susurro,
Un murmullo dorado
De hojas caídas,
De sueños enterrados.
¡Ah! Pero te recuerdo,
Poeta con ojos de ángel,
Corazón enamorado;
Entre la hojas yertas
Y  árboles desamparados,
Te recuerdo y siento
que aún queda esperanza:
Del todo la Belleza
No nos ha abandonado.

Sir Percy

El Último Caballero



         El cielo era gris ceniza. El viento un feroz huracán. Él era una sombra, era una fugaz sombra nada más. Su figura había logrado alcanzar lo alto de la colina. Estaba exhausto. Su rostro marchito, su mirada perdida, imbuida de una inefable tristeza. Difícilmente se mantenía en pie. El viento arreciaba. La lluvia comenzaba a azotar el paisaje con gran violencia.
Sus rodillas se doblaron. Clavó su espada en el suelo y gritó. Un trueno restalló a la vez sobre el negro horizonte. Había llegado arriba de la cumbre  y allí no había nada ni nadie. Él era el último, el último caballero. Nadie le seguiría. Nadie le vería morir ni exhalar su último aliento. Sus ojos, anegados en lágrimas, se alzaron hacia el oscuro cielo. ¿Suplicaba? ¿O era una despedida? Sus fuerzas le abandonaban.  Otro trueno y el olvido. Sus ojos se cerraron para siempre.
La lluvia caía sin cesar y cubría su cuerpo inerte.
No  sólo había muerto un hombre. Con él había muerto mucho más. Con él se enterraban las últimas esperanzas y sueños del ser humano.
Pero el mundo indiferente y despiadado sigue girando. Sigue la vida,  y ya ni cenizas quedan de todo aquello.
Sólo algunos pocos le recordamos.
Allí yace enterrado el Último Caballero, junto a los sueños del ser humano. 

Sir Percy