domingo, 16 de diciembre de 2012

Manifiesto De Un Poeta Condenado


Venid ahora, sabios consejeros, razonables hombres y mujeres de tan vasta sabiduría; aprovecharos ahora de un alma débil y un corazón moribundo para soltar vuestra palabrería tan llena de razón y de sentido práctico. Os ensañáis con el derrotado ¡Poco importa! Os escucho y os escucharé, pero vuestras palabras desaparecen en el fuego de mi alma, se consumen sin dejar vestigio alguno, pues carecen de la ardiente llama, carecen de la vida enérgica y entusiasta que agita mi vida. Son palabras muertas de un mundo muerto.
Yo vivía en libertad, en contacto pleno e íntimo con la sagrada naturaleza. Percibía en lo más hondo de mí una inocente dulzura que embriagaba mis sentidos. Aquel  mundo era lo más bello a mis ojos: no había pobreza, no había necesidad, no existía la maldad y me eran desconocidos el tiempo y la muerte. Algo mágico reinaba silencioso pero vibrante en cada rincón, como el aire invisible y mudo que todo lo llena. Fue en esa época que encontré la plenitud de mi alma, la auténtica felicidad, la forma más elevada de mi ser.
Los Dioses me cuidaban, y en sus brazos aprendí. Los árboles me hablaban, los ríos me cantaban, y la brisa suspiraba tiernamente a mis oídos. Abrazaba solemnemente los tibios y serenos rayos del sol, que hacían crecer y brillar mi alma. Y en la noche tendía mi mano a la luz de la luna, que bañaba con delicadeza mi piel, recostándose  frágilmente sobre mis párpados, y arrullando mis gloriosos sueños. Jugaba con las ninfas y reía con los sátiros, y aprendí a amar entre las flores. Hablaba el idioma de la primavera. Yo entendía su idioma, era parte de él. Un sentimiento puro y muy intenso hacía palpitar mi pecho en loco frenesí, un sentimiento que crecía e iba germinando poco a poco, como el capullo dispuesto a florecer que guarda la exultante belleza de una flor. Yo y todo éramos paz y armonía, belleza e inmortalidad ¡Mi interior bullía de anhelos y sueños, tan elevados y mágicos!
Pero muy pronto fui despojado de mi Elíseo. Muy pronto me encerraron entre muros de piedra muerta, frente a seres dogmáticos, que mandaban e imponían, y me rodearon de seres serviles que no sentían como yo. Mi vida empezó a marchitarse sin apenas haber florecido. Entonces me sentí perdido y conocí el miedo. Y el estar rodeado de seres extraños, cuyo corazón no palpitaba al mismo ritmo que el mío, me hizo conocer la desgarradora soledad, de la que jamás me separaría.
Me intentaron hacer igual a ellos. Me explicaron el mundo, despojándolo de todo lo sagrado; toda la belleza que yo había contemplado y sentido como parte de mí fue arrojada a un oscuro vacío, hasta quedar tan sólo como un recuerdo. Todo aquello que era puro se fue corrompiendo y oscureciendo. Arrojaron más luz para explicar el mundo con la razón como estandarte. Pero esa luz proyectó sombras más densas y oscuras de las que jamás hubo, y mi espíritu quedó totalmente turbado. Algo se rompió dentro de mí, y como el aceite y el agua, jamás logré mezclarme con ese mundo material que me ofrecían.
Los años pasaron y, para sobrevivir, me encerré en mí mismo. Introvertido, sensible en extremo, no era capaz de compartir mi vida con aquel mundo que me rodeaba, pues no lo sentía mío. Y la distancia entre yo y ese otro mundo se fue haciendo cada vez más y más grande. Todo se me antojaba extraño, frívolo, hostil, grosero y cruel.  Y me sentía perdido en una existencia irreal, sobreviviendo gracias a mis sueños y a mis recuerdos, que conformaban mi auténtica vida, una vida totalmente interior. El niño nunca dejó de ser niño, pero su espíritu varonil creció en paralelo, soportando una carga muy pesada y dolorosa; y una melancolía, una añoranza incurable por su antigua vida fue acrecentándose  con el transcurrir del tiempo, sin que nadie lo percibiera, hasta que llegó a hacerse insoportable.
¡Ah! Sólo quién ha conocido el Amor sabe amar. Sólo el Amor es capaz de traer de nuevo aquel mundo divino de mis recuerdos, aquellos tiempos de pureza, inocencia y de paz; de sentir nuevamente la plenitud de mi alma vibrando en armonía con el mundo.  Así, yo busqué el Amor. Lo busqué, lo seguí, empleé todas mis fuerzas y ardoroso entusiasmo. Dediqué mi vida a encontrarlo para poder salvarme, para que volviese la paz a aquella lucha que me enfrentaba contra el mundo en una batalla mortal. Mas alcanzar algo tan elevado no es tarea fácil, ¡pronto me di cuenta! Y mis esperanzas, igual que las olas impetuosas que se rompen contra el acantilado, volvieron a chocar y a romperse contra la realidad; y al igual que el agua, que en finas y débiles gotas vuelve a su ser mansamente, yo volví a la triste y resignada calma de la que me había despertado el Amor.
Pero basta un instante de aquel estado extático, de aquella espumeante ola que se alza con irrefrenable ímpetu hacia el cielo; basta un instante de ese ardoroso y efímero arrebato para elevar el alma y contemplar fugazmente lo divino y lo sagrado de nuevo sobre el mundo. Mi alma volvió a vibrar de felicidad, y quedó lúcida y plena por un momento.
Y entonces, vuelvo la vista a lo que me rodea, y tiemblo al ver en qué punto se halla la humanidad.
Despojados de los dioses, dedicados a pequeños y parcelados quehaceres, a los que están encadenados de por vida, que limitan su espíritu, que ahogan todo lo grande y lo bello, a cambio de un conocimiento vacío, efímero y deshumanizado: abandonados a la inteligencia, escuchando solo su propia voz, los hombres se han olvidado del corazón.
¡Acusadme de mis exageradas pasiones! ¡De mis sentimientos tan exaltados! ¡De mis penas y alegrías que amenazan con derrumbarme! ¿Acaso puedo controlar el ardor de mi espíritu? ¡No! ¡Ni tampoco quiero! Yo a vosotros os acuso de doblegar vuestros sentimientos ante la inteligencia, simplificarlos, limitarlos y dejarlos morir; de arrodillaros ante una razón que resulta insignificante comparada con lo divino, con el Amor, con la Belleza, y de renegar de todo ello en favor de una acomodada existencia pueril y vacía. ¡Habéis desdeñado aquello que es inherente al ser humano, aquello que conforma su esencia! ¡Habéis abrazado el mundo terrenal y os habéis olvidado del divino!
No me arrepiento de haber entregado mi espíritu a unas fuerzas sin freno. He abrazado el rayo, lo he amado, y la pureza de mi corazón ha permitido que resista el embate mortal del fuego celeste para poder cantar su espléndida luz en nuestro lenguaje. Porque fui cobarde, me escondí, me batí en retirada frente a las dificultades de la vida; padecí el dolor más profundo, la tristeza más amarga, la agonía, la humillación, la soledad…Pero jamás, en ningún momento, dejé que apartaseis lo sagrado de mí. Lo guardé con celo, lo abracé, lo amé, mientras se iba haciendo más fuerte, manteniendo mi corazón puro, pese a todas las tristezas y decepciones a las que fui sometido. Forjé mi paz y mi pureza en la propia lucha de mi alma contra el demonio, contra ese demonio que devoraba las esperanzas pero que al mismo tiempo hacía mi canción más hermosa.
Pues en el poeta conviven un ángel y un demonio. El ángel le conduce en su dulce abrazo hacia el cielo, en sus alas que se baten calmas y armoniosas entre  nubes y estrellas, para que pueda contemplar todo lo elevado, lo bello, para que se una al Amor en fraternal abrazo, en plenitud de su ser. Pero el poeta también tiene un demonio, que no le deja mantenerse en la cúspide del divino cielo, y así, en el justo instante en que contempla lo más alto, las garras del demonio lo envuelven, y cae con él en caída libre, en la tristeza más profunda, en el vacío, en la añoranza perpetua de aquel cielo. Pero no cae a la tierra firme, no. Está en manos del demonio, y se hunde aún más abajo, sigue su épica caída atravesando la tierra, más abajo, a la misma morada del mal, allí donde no hay ni luz ni esperanza. Desciende hasta el mismísimo infierno. Al poeta no le es dado el reposo terrenal,  pues sus anhelos son divinos; ha contemplado la luz sagrada, ha contemplado la Belleza, el Amor, en toda su plenitud, y su espíritu está agitado y anhelante y por ello mantiene su corazón puro. Pero sigue siendo mortal, por lo que no le es lícito permanecer en el cielo. Así, sin tierra, sin cielo, sólo le queda el infierno: la lucha contra el demonio por soltarse de sus garras, por volver a elevarse, malherido, con el ángel hacia lo sagrado. Porque él no quiere, no puede estar en la tierra, un lugar corrupto, embrutecido, hostil. Y es en esa batalla entre fuerzas sobrenaturales donde más aumenta su fuerza, su vitalidad, donde más hermoso se hace su canto. Es en la eterna lucha donde vive el poeta, pues sólo puede vivir combatiendo.
Si no dejas que el ángel te toque, tampoco lo hará el demonio. El poeta que templa su espíritu, que evita el huracán y se guarda del rayo celeste, refugiándose en las cuevas de los hombres, ése logra vivir en la tierra. Pero para ello ha negado la esencia misma de la poesía, su propia alma.
Amistad, Amor, Belleza. ¿Acaso no lo sois todo? Entre los hombres soy un extraño. Ahora camino solo, entre cielo e infierno, sabiendo bien que éste no es mi lugar. Mi lira invisible aún la tañe aquel niño de espíritu tierno que conoció la verdad. Sólo en ciertos momentos me encuentro en aquellos campos dónde el sol resplandecía joven y fuerte, dónde el aire incitante me acariciaba como un bálsamo de vida, dónde las fuentes fluían cantando bellamente los ignotos secretos de la tierra, dónde mi corazón vibraba en la más perfecta armonía con todo el universo, con todo lo divino. 
Aquí encerrado, los días pasan como oscuras nubes. Pero yo sigo luchando. No han logrado encadenar mi espíritu. Es mi decisión, con brío me lanzo desnudo al combate: cielo o infierno. Esta es mi lucha contra el demonio.

Enrique Rull Suárez 

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